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Abuso sexual infantil en Chile: El flagelo transversal y escondido

por Bessy Gallardo Prado 

Hace dos años conocimos por la prensa una de las peores consecuencias de la violación. Belén, una niña de 11 años agredida por su padrastro, con su madre diciendo que había consentimiento. Por otro lado, la bataola de lo mediático: debate pro aborto, en contra de éste, y así un sinfín de páginas, tweets y un puñado de declaraciones.

Existen muchas niñas como Belén. El abuso sexual infantil es una de las peores formas de maltrato físico y psicológico, y como tal supone y se basa en un abuso de poder. En él hay coerción y amenaza reiterada. Es tan grave que según datos estadísticos cada 20 minutos se perpetra un abuso sexual a una niña, niño o adolescente (NNA) en Chile. Las niñas corresponden al mayor número de víctimas, constituyendo el 83% de los abusos.

¿Cómo se debe reaccionar ante un abuso sexual infantil, violación u otra forma de agresión sexual hacia un niño o niña? Lo primero es creer. Creerle al niño, niña o adolescente. Salvo excepciones especiales, los niños no mienten, no inventan en sus juegos situaciones sexualizadas, no sienten miedo de alguien de forma gratuita. Los niños y niñas no tienen un lenguaje que tenga alto contenido sexual.

Según el Centro de Asistencia a Víctimas de Agresiones Sexuales (CAVAS) hay una cifra anual de 20.000 abusos a niñas y niños en Chile, y sólo 1 de cada 8 casos es denunciado. Muchos de los casos denunciados ni siquiera llegan a una pena de cárcel, dado lo difícil de la prueba y lo mínima de las condenas.

La violencia sexual a niñas y niños va desde el abuso sexual, violación, redes de explotación sexual infantil, pornografía infantil, entre otras. Y siempre el daño, físico, psicológico y social conferido es muy grave y en algunas ocasiones las víctimas no se recuperan nunca. Algunos tienden a repetir las conductas con otros niños o niñas ya en su vida adulta, e incluso hay casos en los que niños han abusado de otros como consecuencia clara y grave de los abusos de los cuales han sido víctimas.

Por otra parte hay adolescentes que son víctimas de ‘trata de personas’ con fines comerciales- sexuales. En Chile tenemos casos emblemáticos como el de la “Operación Heidi”. Así nacen otras Belén, viviendo verdaderos infiernos, no sólo en lo personal sino que también en lo judicial y en el estigma social. Otras niñas -porque son niñas aún- entran a dichas redes siendo extremadamente vulnerables, viven en entornos violentos o donde la pobreza es pan de cada día, que ven en los ‘tratantes’ una forma de ganar dinero para mantener a sus familias, y que en muchos casos ya son madres, o bien han vivido en contextos familiares donde también han sido abusadas sexualmente y este se torna un círculo vicioso. Porque sí. En Chile se ‘tratan’ niñas y adolescentes y cerramos los ojos.

Lamentablemente, el 90% de estos casos ocurren en entornos cercanos a las víctimas, muchos tan cercanos como el de Belén. Otros donde el agresor es cercano a la familia, o bien donde el agresor se encuentra en la escuela o colegio de la víctima. Todos con el mismo denominador común, el ejercicio del abuso de poder y de la coerción para mantener el silencio, donde a las víctimas se les amenaza constantemente con que su entorno más cercano, familia y seres queridos serán atacados brutalmente.

Pero no todas las niñas y niños viven en ambientes socio-económicamente vulnerables. Tenemos la mala costumbre de pensar que la vulnerabilidad está ligada al ingreso de una familia y no necesariamente es así. El que una niña o niño esté en peligro no está dado por este factor, sino por encontrarse en situaciones de riesgo. La soledad en la cual viven muchos niños y niñas a pesar de que “no les falta nada” también los expone. El abuso sexual infantil es transversal, no sólo sucede en ambientes donde los niños duermen con otros en la misma cama. Ocurre en todos los estratos sociales, y ocurre en ambientes donde el agresor no deja huellas ni levanta dudas, con conductas que muchos podrían calificar de “intachables”. Esto último protege a los agresores de sospechas, les da un velo de impunidad porque el común de las personas no piensa mal de alguien con conducta moralmente “perfecta”.

¿Cómo se debe reaccionar ante un abuso sexual infantil, violación u otra forma de agresión sexual hacia un niño o niña?

Lo primero es creer. Creerle al niño, niña o adolescente. Salvo excepciones especiales, los niños no mienten, no inventan en sus juegos situaciones sexualizadas, no sienten miedo de alguien de forma gratuita. Los niños y niñas no tienen un lenguaje que tenga alto contenido sexual.

Además hay que estar atentos a las señales físicas de sus cuerpos. Una niña o niño sano no sufre de infecciones a nivel genital con frecuencia, ni tampoco tienen retrocesos en su desarrollo cognitivo-emocional. Tampoco presentará rasgos más evidentes como la masturbación compulsiva, o más graves como el embarazo (en niñas que ya menstrúan). Por eso es muy importante creer lo que ellos nos dicen, confiar en ellos, apoyar y no culpar. Porque un niño o niña abusada siente niveles de culpa que llegan a la depresión, incluso al suicidio como forma de escape.

Lo que sabemos es que el agresor puede estar en cualquier parte, es por ello que se hace necesario confiar, en la palabra de nuestros niños y niñas. Aquí utilizo el concepto de José Andrés Murillo, presidente de la Fundación para La Confianza, que es “La Confianza Lúcida”. Confiar no significa cegar la mirada ni la intuición. Confiar significa saber priorizar, saber que la palabra de nuestros niños y niñas está primero. “La confianza se vuelve confianza lúcida, cuando se la pronuncia a modo de promesa, promesa de cuidado, compromiso” [1]. En la medida en que nos comprometamos con nuestros hijos, en el respeto de nosotros hacía ellos y de ellos mismos hacia la importancia de los márgenes de la corporalidad sexual, los protegemos de diversas situaciones no sólo en el ámbito del abuso sexual infantil, sino también de otras dificultades propias del crecer.

Es fundamental enseñar a nuestras niñas y niños -al nivel que permiten sus edades y experiencias-, que sus cuerpos son un regalo, que NADIE puede tocarlos, que los secretos que puedan dañarlos no son buenos, y que las recompensas por actos que signifiquen daño no son recompensas en sí mismas. Tenemos la obligación como padres de educar, pero de educar en la ‘confianza lúcida’. No se trata de desconfiar de todo el mundo, se trata de impedir con conocimiento y confianza, que nuestros hijos e hijas vivan experiencias traumáticas que puedan evitarse.

Referencias

[1] Murillo, José Andrés. (2012). La Confianza Lúcida. Santiago de Chile: Uqbar Editores.

1 comentario

  1. Hola Bessy, lastima que me hayas bloqueado de tu cuenta de Twitter. Es importante para poder ser una persona publica estar abierta a la critica tanto como a las adulaciones. Cuando hablo de respeto, no estoy hablando de mi persona, como tu raudamente concluiste y reaccionaste. El respeto es la base de una sociedad madura y para lograr ser escuchados por las masas o por los politicos (o incluso por nuestras amistades y familia) es necesario actuar y hablar con respeto hcia las personas, los temas y repetar los rangos. Tu, como abogada, creo que entendes lo que digo. Agradezco tu comentario acerca de mi bio en twitter, tu piensas que me queda ‘grande’ sin embargo es mi vida y merece respeto, asi como tu bio y tus articulos tambien son repetables. Suerte con tus causas y felicidades en el el Dia de la Madre.

    Margarita Faundez
    Ottawa, Ontario
    Canada

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