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A una monja

por Belén Sárraga, 1902

Dime, mujer, la de la blanca toca,
la del ropaje cual la noche, negro,
la que huyendo del mundo a los azares,
se escudó tras la reja del convento.
¿Es tal tu religión que el egoísmo.
Se proclama en su dogma cual precepto?
Pues suspende tus rezos un instante
y escúchame, que para hablarte vengo.
¿No sabes que el trabajo es ley de vida?
¿No ves, mujer, como trabaja el pueblo.
Para ganar, con su sudor honrado,
el alimento que precisa el cuerpo?
¿No ves como trabajan, sin descanso,
más arriba también, allá en lo inmenso.
Millares de astros que en veloz carrera,
girando en incansable movimiento,
lentamente ejecutan esa eterna,
continua evolución del Universo?
¿Y eres tu sola la que en todo el orbe
tiene, a vivir sin trabajar derecho?
¿Quién te dijo, mujer, tales sofismas?
¿Quién te dijo que puede un ser terreno
infringir esa ley de la Natura,
una excepción en su favor haciendo?
Si de Dios en el nombre te lo han dicho,
de ese Dios en el nombre te mintieron;
sin lucha no hay progreso, tú no luchas.
¿Y aún te figuras de virtud modelo?
Di, ¿no recuerdas cuando allá en tu aldea
tu buena madre te meció en su seno?
(La misma que hoy, anciana y achacosa,
Aún llora tu abandono y tu despego)
¿No recuerdas jamás aquellos días
en que tu padre, a su trabajo atento,
marchaba con el alba y regresaba
cuando el sol se ocultaba en el otero,
en tanto que tu madre, enamorada,
cuidaba de su hogar bello y risueño?
¿Y olvidaste también sus inquietudes?
¿Y olvidaste también sus sufrimientos
el día en que tú, enferma, moribunda
respirabas sin vida y sin aliento?
Pues bien, tu madre sin rezar apenas,
sólo cual buena su misión cumpliendo,
es el ejemplo de mujer cristiana,
la ley moral que guarda sus preceptos
reasumidos en estas breves frases:
¡Inmenso amor, trabajo, sufrimiento!

Pero, ¿qué entiendes tú de estas verdades,
ni a qué evocar en ti santos recuerdos,
si ya tu corazón, el fanatismo
con su dura coraza, lo ha cubierto?
tú crees justo vivir entre la holganza
parapetada tras el negro velo.
Sin comprender que lo que tú disfrutas
lo arrancas al sudor de todo un pueblo.
¿Y te figuras que con el ayuno,
maceraciones, súplicas y rezos,
ganas mejor la gloria, ¡desdichada!
Que al pie de su taller el rudo obrero?
Pues escúchame bien: cuando tú sepas
lo que es el puro amor sagrado y tierno,
de los hijos que velan por sus padres
su ancianidad amantes sosteniendo;
cuando en el mundo sola, sin amparo,
hayas luchado con valor intenso
por defender de tu virtud el brillo,
contra la sed, el hambre y el deseo;
cuando hayas sido madre y a tu hijo,
pedazo de tu alma, viendo yerto
el último estertor de su agonía
recojas en tu boca con un beso,
sintiendo que se lleva con su vida
toda la dicha que alentó tu pecho;
cuando hayas apurado la amargura
del cáliz de la vida y su veneno
y sepas como inclinan los dolores
hacia la tierra el desgastado cuerpo,
entonces, solo entonces, no lo dudes,
engrandecida por los sufrimientos,
tendrás ganados, por derecho propio,
los más hermosos y anhelados cielos.

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