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Derecho a morir

por Isabel Godoy Orrego

Debo admitir que hace un par de años decidí desvincularme del mundo de la salud. Dejé de hacer terapia por una cuestión de cierre de proceso personal. Pero cuando me topé en las redes sociales con la historia de Valentina, en donde le pedía a la presidenta la posibilidad de ponerse una inyección para no despertar más, mi corazón se apretó con la misma sensación antigua. Esa sensación que me llevó a alejarme un poco del hacer terapia. La sensación de atender a pacientes terminales de unidades de Cuidados Paliativos.

En Chile un hospital público, en promedio, atiende entre 300 y 600 personas mensuales, que sufren enfermedades terminales, el número disminuye considerablemente en estaciones frías, cuando sus sistemas inmunes son incapaces de adaptarse a condiciones climáticas, dichas probabilidades disminuyen aún más, si viven en condiciones de vulnerabilidad social. Cuidados Paliativos es la unidad hospitalaria que se encarga de acompañar a aquellos y aquellas pacientes que ya no tienen cura, y en nuestro país esa mayoría de pacientes son oncológicos.

Pero, ¿qué pasa cuando un o una paciente tiene una enfermedad terminal y desea morir en Chile?, ¿qué pasa cuando los hospitales públicos no son capaces de entregar medicamentos a personas que padecen algún tipo de enfermedad terminal?, ¿cómo se alivia el dolor?, ¿cómo se hace efectivo el acompañamiento en un buen morir?, ¿legalizar la marihuana?, ¿aprobar la Eutanasia?

Según estudios de la OMS, en Programas de Control del Cáncer: “En el mundo, se estima que más de 20 millones de personas viven enfermas de cáncer en la actualidad. Y entre ellas, el 40 a 75% tienen o tendrán dolor en alguna de las etapas de la enfermedad. El cáncer se ha convertido en la segunda causa de muerte en el mundo, tanto en países desarrollados, como en muchos en vías de desarrollo.” En tanto en Latinoamérica, Chile es uno de los países con mayor consumo de morfina en la región. La morfina como solución al dolor de pacientes terminales.

Las unidades de cuidados paliativos no favorecen, ni promueven la Eutanasia, ellos acompañan algo que llaman “El buen morir”. Ustedes se preguntarán ¿Cómo puede ser bueno el morir?  Simple, como culturalmente nadie nos ha educado sobre la muerte, no se habla de ella.  Pero cuando se convive con la muerte a diario, se distingue fácilmente lo que estos profesionales llaman el buen morir. Un morir pleno, sin dolor.

Fue Cicely Saunders, fundadora del movimiento Hospice, quien en sus palabras expresa quizás de manera más fiel, el espíritu de los cuidados paliativos: “Tú me importas por ser tú, importas hasta el último momento de tu vida y haremos todo lo que esté a nuestro alcance, no sólo para ayudarte a morir en paz, sino también a vivir hasta el día en que mueras” (www.canceronline.cl)

Pero, ¿qué pasa cuando un o una paciente tiene una enfermedad terminal y desea morir en Chile?, ¿qué pasa cuando los hospitales públicos no son capaces de entregar medicamentos a personas que padecen algún tipo de enfermedad terminal?, ¿cómo se alivia el dolor?, ¿cómo se hace efectivo el acompañamiento en un buen morir?, ¿legalizar la marihuana?, ¿aprobar la Eutanasia?

La falencia en la entrega de medicamentos en nuestros hospitales públicos es una realidad. Que se hace más evidente cuando en los boxs de los y las profesionales de cuidados paliativos existen post-it diciendo no hay stock de tramadol, no hay stock de codeína, no hay y no hay… (medicinas sumamente necesarias para este tipo de pacientes) Cuando uno ve estas cosas recuerda con vergüenza que en más de una oportunidad los enfermos y las enfermas debieron salir a marchar para que nuestro país les asegurara el derecho a la salud.

Tuve la fortuna de conocer un equipo de profesionales humanos y entregados de cuidados paliativos, que hacían todo lo posible para asegurar una muerte plena y sin dolor a sus pacientes. Trabajé con ellos y con ellas, y me hice más humana. No sé si mejor persona. Quizás más sensible. Recuerdo siempre la pregunta inquisitiva de una paciente: ¿Si me dieron tres meses de vida, qué pasará conmigo ahora? Y la respuesta sincera y casi de película era simple, pero no por ello poco amorosa: “tratarás de hacer las cosas que no lograste hacer antes, disfrutarás más el día a día, tus fuerzas cada vez irán disminuyendo, tendrás cada vez más sueño, comerás menos, adelgazarás, llorarás, sentirás rabia e injusticia, en otras oportunidades te aferraras a la vida y reirás, a veces no querrás ver a tus seres queridos, otras veces no querrás separarte de ellos,  y así cuando te sientas lista y liviana, simplemente, te irás”. Y ella me  preguntó: ¿Y si no quiero pasar por esto y no quiero que lo pase mi familia tampoco, no tengo derecho a morir? ¿Derecho a la Eutanasia? “No, en Chile, no”. (respondí.)

Este escrito es una invitación. Una invitación a hablar de Eutanasia. Una invitación a hablar de legalizar la marihuana. No porque no defendamos la vida, al contrario. Defendemos la vida que se vive con dignidad hasta el final. Esto es simplemente, una invitación a mirar la muerte de frente y entenderla. Una invitación a mirar a Valentina a los ojos y comprenderla. Una invitación a poder responder en un futuro a un o una paciente terminal, que si él o ella lo desea, si tiene derecho a morir.

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