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La Mujer del Patriarcado – 2° Parte (ensayo)

por Paula Bravo Arredondo

[Este ensayo corresponde a la segunda entrega de dos]

La hembra humana, víctima y victimaria del patriarcado, convencida de su “naturaleza femenina” no sólo no se libera de las ataduras que le impone el modelo, sino que además lo perpetua. Su actitud permisiva – por no decir sumisa – frente al varón es uno de los reflejos. Sin embargo, es a través de la maternidad como ella prolonga más allá de su propia existencia el sistema que la ha oprimido durante toda su vida.

De esta forma, como madre, responsable del cuidado y la educación de los hijos, los va formando tal como a ella la educaron. En muchos casos, la mujer atrapada por este sistema espera que el que viene al mundo sea un niño cuando está encinta, ya que en él ve la posibilidad de una libertad; un héroe que ella misma habrá formado, por tanto sus éxitos serán también de ella. En la niña en cambio ve un espejo, una prolongación de su esclavitud; por eso no es raro escucharla decir que prefiere un niño porque es más fácil de criar, porque hay que cuidarlo menos; pues claro, hay que reprimirlo menos. Así, mientras el niño va creciendo lo deja buscar su destino, lo disculpa, lo justifica, y en algunas ocasiones se vuelve cómplice de sus tretas. A la niña en cambio le enseña los secretos de la feminidad: le recuerda continuamente que debe comportarse como una señorita, que ella no es como los niños, por tanto cualquier actitud agresiva o aventurera puede ser mal juzgada por el mundo; y son justamente esas actitudes las que estimulan en el ser humano el desarrollo de su autonomía. Llegada la adolescencia, permite que el niño salga, que experimente; a la niña la controla fuertemente con el argumento de que “el mundo es peligroso para una señorita, su lugar está en su casa”. Y claramente el mundo es peligroso para ella: esta hecho por y para los hombres y ella nunca ha tenido acceso a él, por lo tanto no sabría enfrentarlo sola. Entonces, se le insta a esperar al hombre que la llevara de su mano a conocer e “integrar” ese mundo. Así, mientras espera, la niña no tiene más remedio que alimentar sus deseos de trascendencia con ensoñaciones respecto al príncipe azul que la sacará de su monótona existencia.

Entonces, la mujer quiere individualizarse de alguna manera, no sólo como una necesidad humana, sino como un mecanismo para ingresar al mundo de los hombres mediante la atracción y retención de uno de ellos; esto es lo que el sistema le ha enseñado. Uno de los únicos medios que este ha dejado a su alcance para distinguirse de las demás es su atractivo físico; de hecho, la formación de la mujer incluye la extrema preocupación por su imagen, ya que para el varón tener a su lado una mujer atractiva a los ojos del mundo le otorga un estatus mayor.

Respecto a las faenas del hogar, la madre le entrega a la niña, a cambio de la acción del juego, el “honor” de aprender a administrar una familia. Le enseña los secretos de la cocina, las técnicas para que el piso brille y para sacar las manchas de la ropa; de esa manera se asegura mantenerla ocupada para que no tenga oportunidad de realizar actividades que la puedan “dañar”, que la puedan hacer parecer un niño.

Y para asegurase de que la niña se comporte como tal y sienta esas labores como suyas, la sociedad patriarcal aporta dándole juegos – cocinas, muñecas, etc. – que la mantienen sumida en ese mundo.

La mujer formada por este sistema se caracteriza también por la rivalidad con sus congéneres. Hasta tal punto está persuadida de la superioridad viril y la inferioridad femenina, que compite continuamente con el fin de ser reconocida, y por tanto validada en su ser, por un integrante de la casta superior. Y está tan preocupada de esto, que no se da cuenta que con esta actitud lo único que consigue es limitar sus posibilidades de reivindicación.  Dicha rivalidad radica en que la singularidad de su ser ha sido absorbida por la generalidad de su rol; todas estamos igualmente preparadas para ser esposas y madres, por lo tanto podemos ser fácilmente reemplazadas. Entonces, la mujer quiere individualizarse de alguna manera, no sólo como una necesidad humana, sino como un mecanismo para ingresar al mundo de los hombres mediante la atracción y retención de uno de ellos; esto es lo que el sistema le ha enseñado. Uno de los únicos medios que este ha dejado a su alcance para distinguirse de las demás es su atractivo físico; de hecho, la formación de la mujer incluye la extrema preocupación por su imagen, ya que para el varón tener a su lado una mujer atractiva a los ojos del mundo le otorga un estatus mayor. Esta situación genera continuas pugnas entre ellas, cada una quiere ser considerada más bella que la otra, ya que eso equivale a tener mayores posibilidades de “atrapar” a un integrante de la casta superior y así ingresar a su universo.

Sin embargo, no solo la belleza física es punto de conflicto dentro del género femenino. De hecho, cualquier logro que una de ellas conquiste que implique la obtención del reconocimiento masculino, por ejemplo a nivel profesional, y de esta manera, un pequeño lugar en su mundo, es objeto de tergiversaciones por parte de las demás, con el fin de quitar todo mérito, lo que solo deja de manifiesto la rivalidad antes mencionada.

Esta perpetua disputa se vuelve un círculo vicioso en la medida en que la mujer no es capaz de buscar su singularidad en su propio ser, y opta por aferrarse a un hombre para encontrarla, debido a que su formación la ha llevado a no creer en sus propias aptitudes. La mujer creada por el patriarcado no cree en sí misma, y cuando se anima a creer y alcanza algún logro poco común para el género siente que ya ha hecho suficiente y se estanca. Y es que está formada para no avanzar, para “marcar el paso”, para encargarse de la contingencia y así aligerar el camino del hombre en la búsqueda de su trascendencia. Nunca se le insta a romper esquemas sino todo lo contrario; la mediocridad es la columna vertebral de la educación femenina. Esto, como he dicho antes, en función de que el hombre lo hará por ella. Entonces, ella duda, nunca esta segura de estar tomando la decisión correcta. Si se ve enfrentada a la terrible situación de tener que escoger un camino por sí sola, inmediatamente trata de pensar que hubiese hecho su marido, padre o hermano. No confía en su criterio, y mientras eso suceda, seguirá estando en manos de los hombres.

A tal punto este sistema la ha anulado que no sólo no tiene fe en sus capacidades, sino que no se cuestiona su dependencia; la siente como una debilidad natural, propia de su género, y no ve, o no quiere ver, que los roles sociales han sido creados para perpetuar una estructura social donde ella ocupa solo el segundo lugar.

Esta desconfianza en sí misma, y en sus compañeras, es la base para sostener el sistema patriarcal. El hombre la ha formado de manera que ella ve sólo en él una posibilidad de salir airosa de la aventura de la existencia. Se acostumbró a tal punto a la comodidad y la seguridad de cederle sus derechos al hombre a cambio de que él le muestre el camino a seguir, que se olvidó de ser, y no se percató de que con ello también pierde su posibilidad de trascender. Y aunque en más de una ocasión repudia su situación, no se atreve a tomar las riendas de su vida y continúa replicando los valores que el hombre le ha entregado.

Paula Bravo Arredondo: Chilena, vive en el barrio Yungay. Es Médico veterinaria de la Universidad de Chile. Madre de un hijo de 6 años. Además de trabajar como cirujana esterilizando mascotas, es profesora en el IDMA, tiene un negocio de plantas medicinales y estudia inglés.

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