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Ser o no ser. Ó de cómo el machismo siente por todas nosotras

por Carolina Mazzaferro

Mis ropas caen sobre la cerámica fría. Abro la canilla caliente y entro en la ducha. Pienso, el agua cae, pienso y continúa lloviendo dentro del pequeño cubículo blanco y brumoso. Pienso. Pienso pero continúo bañándome y de pronto… No recuerdo si me puse shampoo. ¡No puedo acordarme! ¿Me pongo de vuelta o me pongo acondicionador?

Esto me pasa seguido. A veces tengo tantas cosas en la cabeza que no puedo recordar lo que estoy haciendo, estoy en otro plano, ¿me puse o no me puse shampoo? Retomo el hilo del pensamiento: estamos en un sistema patriarcal, eso es innegable. Vivimos adentro, y tod@s fuimos criad@s en él. Eso también es innegable.

La cosificación de la mujer. Ya no sólo en los medios, sino en la calle, en la comida, en las charlas informales… inunda todo. La cosificación es la espuma del ideal sumiso de la mujer: deviene naturalmente de la sumisión, del génesis donde la mujer es planteada como un inferior al hombre, a la creación perfecta; al ser tratada desde el libro más vendido de todos los tiempos como un objeto.

¿Cuántas cosas nos pasan por alto tan sólo por haber sido criad@s bajo la normativa misógina? Reconocerse como feminista es re armar el jenga* que decidimos destruir por nuestra propia cuenta. Escoger a propósito la pieza que sabemos que derrumbará toda la torre. Reconocerse como feminista es reconocerse completamente deconstruído. Es cuestionarse y pensarse. Vuelvo a ponerme shampoo, tomo esa decisión. Aunque quizá sea la enésima vez que lo haga, decido volver a ponerme shampoo, por si las dudas.

La cosificación de la mujer. Ya no sólo en los medios, sino en la calle, en la comida, en las charlas informales… inunda todo. La cosificación es la espuma del ideal sumiso de la mujer: deviene naturalmente de la sumisión, del génesis donde la mujer es planteada como un inferior al hombre, a la creación perfecta; al ser tratada desde el libro más vendido de todos los tiempos como un objeto.

Nos piensan como objetos al pensarnos como instrumentos de placer o maternidad. Al no dejarnos tener opinión. Al no “dejarnos”. Sabemos que en una publicidad una mujer está siendo cosificada cuando el producto es más grande que ella,  su cuerpo está siendo utilizado para apoyar el real objeto a vender o no se le ve el rostro sino que es una parte de su cuerpo, intercambiable. La línea entre medios y realidad es fina, está escrita con marcador al agua y hace tiempo que no deja de llover encima de ella.

Lo peor de una peste es cuando creemos estar combatiéndola y acaba colándose por el costado que no pudimos defender. El patriarcado continúa machacándonos día a día, y continuará haciéndolo si no colocamos la suficiente atención en nuestro accionar para que no se nos escape nuevamente si nos pusimos o no shampoo. Termino de enjuagarme el pelo. Bien, ahora acondicionador. Continúo pensando. ¿Y si al final de la historia, nosotras mismas queremos ser tratadas como objetos? ¿Por qué querríamos cosificarnos a nosotras mismas?   

Retrocedo, ¡no! No me vuelvo a poner shampoo. Somos sujet@s cuando tenemos opinión. Somos objetos cuando simplemente estamos allí, inertes y mudas… ¿Pero qué sucede cuando dejamos de sentirnos ‘mujeres’ al ser tratadas como sujet@s? ¿Cuándo nos sentimos como ‘una de los chicos’?

Tengo amigos que cosifican a las mujeres, sí, tampoco en un nivel horriblemente alto pero un poco, si, lo hacen. No me enorgullece pero tampoco me parece algo raro. Los escucho conversar, siguen siendo mis amigos a pesar de ello. Qué lindas tetas, qué buena cola. Bien, no es algo difícil de reconocer, tampoco. No hace falta estar alerta, tod@s somos lo suficientemente inteligentes como para después de tanta lectura y tanto análisis detectar esto en el plano más simple del discurso que es la conversación.

Pero de pronto, más allá de lo que pienso… comienzo a sentirme desgraciada. O no, no sé si desgraciada pero sí triste. Siento que no formo parte: mis amigos me incluyen en la charla pero nunca me nombran, ¿es que yo no estoy ‘tan buena’ como todas esas chicas de las que hablan? ¿O es que lo hacen a mis espaldas? Formo parte de la conversación, puedo opinar, opino y mis opiniones cuentan. No estoy dibujada, mi voz tiene cuerpo y pueden oírme si intervengo. Si digo que tal chica es linda o digo que dejen de hablar así, me escuchan. Me entienden, pero, es algo que va más allá…

Salgo de la ducha. Me seco. No me siento mujer porque no me están viendo como un objeto, ¿eso es posible? Me miro al espejo, mi rostro es el de una mujer. Miro mi cuerpo desnudo: biológicamente también soy hembra… y entonces, ¿porque me siento casi como un varoncito? ¿Porque puedo opinar, porque tengo voz, porque soy tratada como un sujet@ y mis opiniones importan más que mis tetas?

¿Soy mujer… o qué? No lo sé. El espejo me devuelve un ceño fruncido. El ser mujer es una construcción social, sí. Recuerdo las palabras de Simone de Beauvoir: “No se nace mujer: llega una a serlo. Ningún destino biológico, físico o económico define la figura que reviste en el seno de la sociedad la hembra humana; la civilización en conjunto es quien elabora ese producto intermedio entre el macho y el castrado al que se califica como femenino.” Pero entonces… ¿No es horrible también tener que lidiar con el machismo dentro de nosotr@s? ¿Cuán arraigada está una cultura para que nos induzca a sentirnos de determinada manera? No quiero querer ser tratada como un objeto. No quiero sentirme un hombre por ser tratada como un/a sujet@.

Detengámonos un momento, pensemos. Cuestionémonos nuestro modo de vida, nuestros pensamientos, nuestro costado aún no deconstruído. Esas ruinas que continúan prevaleciendo con el paso del tiempo, aún después de un incendio, aún después de un terremoto. Aquellos cimientos que parecen no borrarse con nada.

Estemos atent@s. Primero, con nosotr@s mism@s. Si alguna vez el machismo vuelve a inducirnos a sentir de determinada manera, el enojo no es la respuesta. Al menos poder detectarlo es un paso importantísimo para no seguir reproduciéndolo. Estemos atent@s, eso es todo, ¡no volvamos a olvidar si nos pusimos o no shampoo! Lo importante es estar presente en lo que hacemos, decimos o sentimos. Lo demás, inevitablemente, vendrá después. Porque, volviendo a citar a Simone, “Toda opresión crea un estado de guerra .

* Jenga: juego que consiste en construir una torre con bloques de madera.

 

 

 

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