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Violación y aborto en Chile: el trauma olvidado.

por Natalia Miranda Torres

Luego de que a fines de Enero la presidenta Michelle Bachelet firma el proyecto de ley que despenaliza el aborto y se ingresara a evaluación al Congreso durante Marzo, surgen algunas inquietudes sobre la naturaleza de las tres causales en las que la práctica de aborto no implica penalización. Propongo revisarlo.

La a primera corresponde a cuando existe riesgo de la vida de la madre, es decir, si ésta puede por ejemplo perder la vida durante el parto, o que éste genere consecuencias en su salud posterior. La segunda cuando existe inviabilidad del feto, por ejemplo, cuando las probabilidades de sobrevivir al momento de nacer son nulas o mínimas. Finalmente en caso de violación de la mujer..

Una mujer violada es una mujer profanada en su nivel más íntimo. No podemos dejar de sentir admiración frente a la fuerza de mujeres que siendo víctimas de este tipo de atropellos han decidido tener a sus hijos. A su vez no podemos desconocer el profundo impacto que tienen estas experiencias en sus vidas y que llevarán consigo siempre, y que así como algunas pueden atreverse a ser las madres de los hijos de sus victimarios -sea por la razón que sea-, otras simplemente pueden no tener el coraje de hacerlo. Y eso debe ser respetado..

Más allá de los tecnicismos sobre la propuesta de ley, quisiera enfocarme en la naturaleza de estas causas. En primer lugar, tanto la existencia de riesgo vital para la madre como la inviabilidad del feto presentan de manera inmediata una esencia biológica. Tanto la peligrosidad de que una mujer pueda perder la vida producto de su embarazo así como la improbabilidad de que el feto pueda existir una vez que esto se ha constatado, implica maniobrar directamente con la vida o la muerte. Sin duda existen consecuencias afectivas y emocionales complejas -como el estrés post-traumático-, pero el primer acercamiento indica la simple idea de sortear con el problema de la administración de la vida. Esto no debiera generar mayor polémica en Chile, puesto que entre 1931 y 1989 el artículo 119 del Código Sanitario permitía el ‘aborto terapéutico’ y consideraba este tipo de situaciones. No obstante, esto fue revertido durante el último período del Gobierno Militar.

En segundo lugar, encontramos la tercera y última situación en la que no se puede penalizar: en caso de violación. Esta disposición es distinta a las dos anteriores puesto que no se opera en el binomio vida-muerte de manera directa, sino que desde un comienzo supone la existencia de una mujer que ha sido víctima de una práctica sexual en contra de su voluntad, cuya consecuencia es el embarazo. El escenario de posibilidades es claro: puede continuar con su embarazo y tener a su hijo, u optar por realizarse un aborto.

La categoría se encuentra en un nivel distinto a las dos anteriores -riesgo vital de la madre e inviabilidad del feto-, puesto que no se trata de carear la posible muerte de la madre o del hijo, sino que de hacer frente a una situación de experiencia dolorosa y vejatoria como es una violación. Implica dar la cara a un episodio de vida de atropello a la dignidad, de humillación y anulación de la voluntad, probablemente el más duro que pudiera soportar una persona como víctima -tanto una mujer como un hombre-.

En este sentido, se trata de salvaguardar la integridad psíquica de la víctima de violación, de reparar el trauma que siembra la transgresión sexual. Una mujer violada es una mujer profanada en su nivel más íntimo. No podemos dejar de sentir admiración frente a la fuerza de mujeres que siendo víctimas de este tipo de atropellos han decidido tener a sus hijos. A su vez no podemos desconocer el profundo impacto que tienen estas experiencias en sus vidas y que llevarán consigo siempre, y que así como algunas pueden atreverse a ser las madres de los hijos de sus victimarios -sea por la razón que sea-, otras simplemente pueden no tener el coraje de hacerlo. Y eso debe ser respetado.

Parece bastante cuestionable la idea de que el futuro hijo sea “parte de la solución de la mujer violada“. Muchas mujeres que son forzadas a no interrumpir su embarazo, una vez que nace el hijo, tienden a desarrollar ideas negativas sobre el niño y a proyectar la imagen del perpetrador en él, en una suerte de “extensión” de la experiencia de violación. Bajo ese prisma no se incurre en lo que podríamos llamar una experiencia de vida digna.

Porque en ciertas ocasiones la madre simplemente no puede desarrollar una consideración equiparable a la de un hijo del cual sí ha ejercido voluntad, ya sea en su decisión de engendrarlo o en la práctica sexual que lo puede desembocar. Con esto me refiero a casos cuando la mujer ha quedado embarazada “sin haberlo planificado” pero decide bajo voluntad tener a su hijo, o cuando “ha consentido” el acto sexual que tiene como resultado un embarazo. Por su parte el niño procreado desde una violación tampoco debiera cargar con el peso emocional de los efectos psicológicos que acarrea su madre producto de la experiencia traumática.

Porque el famoso “derecho a la vida” no es sólo posibilitar el nacimiento, sino también a vivir la vida de manera digna. Quizás las palabras de Bachelet van en la línea adecuada cuando presentó el proyecto de ley: “Cuando está en riesgo su vida, o fruto de una violación, hay que tomar una decisión y no podemos atropellar la dignidad de las mujeres ni prolongar su sufrimiento”. En ese sentido, los dichos de la Presidenta apuntan precisamente a un argumento tan importante como la defensa de la vida: la defensa de la salud mental y social de la madre.

De acuerdo a la Organización Mundial de la Salud (OMS), la salud reproductiva es un estado general de bienestar, que incluye aspectos psíquicos, mentales y sociales. Incluye además la libertad de procreación de acuerdo a la manera y momento que desee la persona, considerando también la propia libertad de no procreación. Esto es claro pues reconoce la existencia de una “voluntad”, la cual en este tema puede ser ejercida por la madre, y que en el caso de violación se ha visto suprimida.

Porque la mujer como futura madre también tiene derecho a aferrarse a la vida: a SU vida. No sólo sobreviviendo -como puede ser portar el trauma del vejamen-, sino que viviendo de manera “digna”, y en eso su bienestar psicológico y emocional resulta fundamental.

Necesariamente este tipo de temas implica realizar un juicio de valor y enfrentar las diversas posibilidades de vida que puedan existir. Bajo ese supuesto recordamos las palabras de Herbert Marcuse, bajo el juicio de que “la vida humana merece vivirse, o más bien que puede ser y debe ser hecha digna de vivirse”[1]. Todo mi respeto a las miles de cientos de mujeres que ‘ejercen su voluntad’ -de la manera que sea- y “deciden” vivir una vida digna después del trauma.

Fuentes

[1] Marcuse, H. (1993). El hombre unidimensional : Ensayo sobre la ideología de la sociedad industrial avanzada. Barcelona: Planeta-Agostini.

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