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Sobre la madre feminista y la otras mujeres

por Camila Ponce Lara

Desde muy pequeña me di cuenta que mi familia no era convencional. Mi mamá era el sostén del hogar y mi papá estudiaba, se dedicaba a la política o trabajaba como periodista en radios o diarios como freelance. Ella era la que estaba todo el día fuera de casa, mientras que él, pasaba mucho más tiempo conmigo, enseñándome a leer o ayudándome con las tareas.

A medida que fui creciendo, me fui dando cuenta que en las casas de mis amigos y familiares, las cosas no eran así. Eran al revés: la mamá era la que, por lo general, se quedaba en la casa y el papá quien estaba fuera todo el día. De hecho, nuestros familiares, que vivían en otra ciudad –a quienes visitábamos al menos una vez al mes- eran mucho más de esa línea. Y desaprobaban a mi mamá por pensar diferente. A veces ni siquiera podían aguantarse el veneno y le lanzaban frases, tales como: “¿de qué te sirve trabajar tanto?”, “¿por qué no le cocinas otro tipo de comida? Debería comer comida casera y no las cosas congeladas que te gustan a ti”, “deberías trabajar un poco menos y pasar más tiempo con tu hija”. Y muchas otras que atacaban directamente su estilo de vida.

Inocentemente creía que tanto los hombres como las mujeres podíamos ser iguales. Mi mamá por ejemplo, tenía un excelente puesto, pero siempre fue mirada diferente. No tenía pares mujeres, pero sí muchas subalternas. Era admirada, pero por sobre todo odiada. Siempre que me paseé por su oficina, por ejemplo, fui capaz de darme cuenta de quienes la querían y quiénes no.

Lo revolucionaria de mi mamá no sólo pasaba por el hecho de trabajar en una época y en un medio, donde la mayoría de las mujeres optaban por quedarse en la casa cuidando niños, sino además pasaba por su manera de criarme a mí. Nunca me compró muñecas, sino juegos de ingenio, puzles, legos y juegos para desarrollar el intelecto. Tampoco me vistió como “niñita” con colores rosa y amarillo. En vez de eso me compró shorts y camisetas. Jamás me incentivó a ver películas Disney ni ninguna de princesas. Ella y mi papá optaron por inculcarme el amor por los libros. Sin embargo, jamás me impidió algo que yo quisiera, como una muñeca específica o la película del  Rey León.

Otro rasgo característico de su feminismo era criarme para ser una excelente estudiante y profesional, más que cualquier otra cosa. Las labores domésticas nunca fueron un tema en mi casa, pero lo que no se transaba jamás eran las notas: no tenía espacio para fallar. Así es como, cada vez que viajábamos al sur a ver a su familia le decían: “pero ¿cómo crías a tu hija así?, ¿no ves que no sabe preparar ni un huevo?”, “no todo es el estudio”, y frases similares. De todas formas ni a ella ni a mí nos importaba mucho. Mi mamá jamás dubitó frente a las críticas. A veces, inclusive, una tía con ánimos de transformarme y sin que mi mamá escuchara me decía: “mi sobrina Marianita es muy linda, ella quiere ser Miss 17, ayuda a su mamá con la cocina, se baña dos veces al día y prepara las fotos para el concurso, ¿por qué tú no les sigues los pasos?”. Me decía y yo solo la escuchaba. “Marianita” tenía la misma edad que yo y estaba siendo criada para ser una perfecta dueña de casa. Sólo por suerte logró estudiar y transformarse en enfermera.

Pese a las enseñanzas de mi mamá, durante esos años  me costó un mundo ponerme en sus zapatos, y entender lo difícil que era ser exitosa y mujer a la vez. Inocentemente creía que tanto los hombres como las mujeres podíamos ser iguales. Mi mamá por ejemplo, tenía un excelente puesto, pero siempre fue mirada diferente. No tenía pares mujeres, pero sí muchas subalternas. Era admirada, pero por sobre todo odiada. Siempre que me paseé por su oficina, por ejemplo, fui capaz de darme cuenta de quienes la querían y quiénes no. De quienes hablaban mal de ella a sus espaldas. Nunca entendí tampoco por qué tenía tan pocas amigas mujeres o por qué nuestra vecina Carmen –esposa de un compañero de trabajo de ella– nunca la invitó a su casa, mientras que yo podía pasar horas ahí, jugando con sus hijos. En ese momento, me fue difícil entender el tipo de bullying que puede sufrir una mujer exitosa. Los cientos de veces que la pasaron a llevar y todo lo que le costó llegar a donde estaba.

Con el tiempo me fui dando cuenta que los machistas no eran solamente los hombres. Realidades como las que mis tíos y mi abuelo, siempre celebraran los logros de mis primos y jamás los de mis primas o los míos, se terminó transformando en un “detalle”, en comparación a la cantidad de mujeres, compañeras de trabajo, que vi después, aserruchándose el piso despiadadamente. Eso lo empecé a vivir sólo hace un par de años atrás. Pequeñas violencias cotidianas invisibilizadas que fui viendo día tras día, pese a que nadie se atrevía a nombrarlas en voz alta. Detalles pequeños como: que una mujer en la que confías te robe tu trabajo, borrando tu nombre y  escribiendo el suyo encima; tener jefas mujeres a las que sólo les importaba exprimirte como un limón, para que hicieras su trabajo perfecto y que esperaban que te fueras para hablar mal de ti; mujeres que parecían ser tus amigas, pero el día que les gustó tu ex nunca más te hablaron.

Es lamentable descubrir, que quienes fomentan y perpetúan el machismo no son los hombres, sino las mujeres. Con frases como las que leemos día a día en las #pequeñasmuertescotidianas tales como “mi hijo debería buscarse una amante” o “mijita, al hombre tiene que irle mejor que a una”. Toda una cultura patriarcal que debería desaparecer, pero que está más vigente que nunca, por culpa justamente de ciertas mujeres a las que les aterra el cambio y que prefieren criticar a buscar ejemplos inspiradores a su alrededor.

2 Comments

  1. Carmen says

    Qué buen relato. Mi madre se quedó en casa a cuidarnos, pero eso no le impidió darnos alas y mi papá nos preparó para un mundo machista. Tuve muñecas, pero aprendí a arreglar una llave, revisar un enchufe, hacerle mantencion al auto y nociones de boxeo (para que ningún weon te levante la mano).
    El estudio fue una prioridad, y, como dice mi hermana, puedo operar una apendicitis, pero no trozar un pollo. Estudié en un colegio que preparaba dueñas de casa, y soy un fracaso en esa área, pero aprendí lo suficiente para estudiar medicina y dedicarme a mi profesión soñada. Y tuve la enorme suerte de encontrar a un hombre, que hace los huevos fritos y plancha camisas mejor que yo (soy un fracaso como dueña de casa, ya les dije).
    En fin, en casa soy yo la que está más tiempo fuera de casa, la que un día a la semana hace turno 24 horas. Y él cuida, educa, alimenta, peina (otra vez, mejor que yo) a las niñas. Cuando comento que las niñas están al cuidado del papá, oigo expresiones de sorpresa, porque tienes razón: nosotras perpetuamos el machismo. Ni te imaginas lo que costó en el jardín que entendieran que era al papá al que había que llamar si algo pasaba, pero aprendieron. En el colegio, de habla alemana, ha sido más fácil: parece que a los alemanes no les molesta que el papá sea el encargado de buscar a la niña que vomita en clases, porque la mamá está de turno. Creo que mis hijas están aprendiendo que nada ni nadie te puede cortar las alas, y que no hay roles femeninos o masculinos excluyentes.

  2. Polisemica says

    Me ha gustado el relato y de hecho, me he sentido identificada en algunos aspectos. Yo, por ejemplo, crecí en dos ambientes: el paterno y el materno (vivía con mi mamá entre semana y comía con mis abuelos), entonces conocí dos formas de organización doméstica: la tradicional y una más feminista, pues mi padre nos enseñó a mí y a mi hermano a colaborar por igual y en la medida de nuestras posibilidades.
    También fui señalada por no saber cocinar, pues en mi familia siempre me dijeron que mi prioridad eran los estudios. De hecho, mis únicas responsabilidades eran mi cuarto y, posteriormente, mi ropa y platos que usara. El problema fue la familia de mi pareja…
    En fin…
    Sin embargo, aconsejaría que se echara un ojo a la expresión “Es lamentable descubrir, que quienes fomentan y perpetúan el machismo no son los hombres, sino las mujeres”. Recordemos que las mujeres estamos tan insertas como los hombres en una cultura heteropatriarcal y que aprendemos de nuestros entornos inmediatos lo que posteriormente reproducimos al socializar. No todas las mujeres son conscientes de eso y no todas son dadas a la reflexión y al autoescudriñamiento… Por ello es tan fácil que perpetuen los roles de género tradicionales y que se desenvuelvan haciendo referencia a éstos… Y por ello es que espacios como éste son tan importantes, porque llegan a varias lectoras y lectores, y pueden llegar a cambiar la forma de ser de alguien. O al menos provocar el autocuestionamiento o el interés en ahondar más en estos temas.

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