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Denunciar y seguir: La violencia doméstica en terreno. (1° Parte)

por Bessy Gallardo Prado 

Tenía 6 meses de embarazo, a los 24 años fue el primer golpe. Creo que aún me duele. Peleamos, discutimos por plata. Al comienzo era otra discusión más, sobre un tema bastante discutido. Me tomo por el cuello y comenzó a ahogarme. Lo que recuerdo es que mis brazos eran de lana y que cuando comencé a desvanecerme me soltó. Mis hijos estaban en la otra habitación y eran muy pequeños. Tres años el mayor y 1 año 8 meses el menor. No se dieron cuenta de nada, yo lo único que logré hacer fue llamar a mi hermana e irme de ahí.

Recuerdo que llegué a contarle a mi madre buscando protección. Su respuesta no fue lo que esperaba: “Es que tú eres muy chora*, lo heriste, él es el hombre, te pegó y está bien. Tú debes aprender a obedecer”. Esa respuesta me terminó de desmoronar. Además agregó: “¿Qué haces sola con tres bebés, sin dinero suficiente para mantener sola una casa? Aguantas.” Días más tarde, el me pidió perdón, yo empezaba a molestar en casa de mi madre así que me devolví a mi casa. La lección, no ser “chora”*, hay que obedecer y bajar la cabeza.

Fui al mesón de atención al público general. Cuando llegué no me salía la voz, la chica del mesón me dijo “deje de llorar y hable que si no lo hace no la puedo ayudar” dije: “vengo por una denuncia por violencia intrafamiliar”, ella sonrió y me dijo: “ahora le tocó a usted, a muchas les toca, a muchas como usted, no sienta vergüenza, la vamos a ayudar”.

Desde ese día hasta la denuncia pasaron 6 largos años. Mis hijos ya no eran bebés, eran niños, y se daban cuenta de que el papá le pegaba a la mamá. Vivían con miedo, el mayor de 9 años quiso llamar a carabineros muchas veces. Mi hermana me puso entre la espada y la pared. Mi pareja, porque sí tenía pareja fuera de casa y una vida, me ayudó en todo lo que pudo y me dio fuerzas para continuar.

El primer día era viernes, fui tarde a tribunales, no fui a la sección de abogados, me moría de la vergüenza, tengo una imagen de mujer fuerte, casi indestructible por mi trabajo. Ya he asistido a audiencias por violencia intrafamiliar, ya le había ganado a hombres que eran verdaderos sádicos, conozco muchísimas historias de violencia así que supongo que por eso siempre le bajé el perfil a la mía. Fui al mesón de atención al público general. Cuando llegué no me salía la voz, la chica del mesón me dijo “deje de llorar y hable que si no lo hace no la puedo ayudar” dije: “vengo por una denuncia por violencia intrafamiliar”, ella sonrió y me dijo: “ahora le tocó a usted, a muchas les toca, a muchas como usted, no sienta vergüenza, la vamos a ayudar”. Llamó al guardia y me acompañaron, eso no suelen hacerlo en tribunales pero ese gesto de humanidad me dio fuerza, llegué al centro de medidas cautelares y ya eran más de las dos. No hay audiencias después de las dos de la tarde, así que la chica del mesón del centro de medidas cautelares me pidió que volviera el lunes. Jamás olvidaré lo que me dijo: “el lunes la espero a las 9 de la mañana, tiene que venir, no sienta miedo ni vergüenza, usted es una mujer fuerte, yo lo sé, la conozco, la he visto defendiendo a otros, pero por amor propio y amor a sus hijos defiéndase. No tenga miedo que todo saldrá bien”.

Llegó el tan esperado día lunes, pase a audiencia de inmediato, me tocó una consejera técnica que era un verdadero ángel, me dijo que no era menos mujer por lo que estaba viviendo, que me había tardado mucho en denunciar, pero que estaban ahí para ayudarme. Me preguntó algo fundamental “dígame mi niña, que necesita”, esa pregunta no la hizo nunca mi madre, me sentí querida de alguna manera, le respondí “necesito dejar de llorar, de hacer sufrir a mis hijos, necesito salir adelante, y que él se vaya de la casa, necesito que no se me acerque, que nos deje en paz”.

Pase a la audiencia, le conté todo a la jueza, no dejaba de llorar, ella trataba de calmarme. Le conté como me golpeaba, como me encerraba para que no diera pruebas en la Universidad, le conté que hacía 4 años que él no trabajaba, que era yo la que mantenía la casa, le conté de las veces que amenazó con quitarme a mis hijos porque a juicio de él yo era una “maraca”, una puta por atreverme a tener una pareja. Le conté de sus amenazas de golpearme, de golpear a mis hijos y a mi pareja si nos veía juntos, en definitiva, solté 6 años de violencia en una hora. Era liberador.

La jueza sorprendida me dijo: “¿lo mantiene, mantiene a los niños y más encima aguanta que le pegue y delante de sus chiquillos? ¡A no! Esto no es conmigo, decreto las cautelares de salir del domicilio común, prohibición de acercamiento a usted y a sus hijos”. Sentí como si me sacaran un gran peso de la espalda. Era libre, estaba muerta de susto, sin trabajo y buscando uno, con muchas deudas, pero era libre. Se acababa una pesadilla, y empezaba una aventura. ¡Sí, una aventura!

(*) Chor@: Atrevid@, osad@, peleador(a).

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