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Manifiesto de las periodistas francesas contra el sexismo de la clase política

Traducido por Camila Ponce Lara y publicado originalmente en Libération

Muy a menudo, las mujeres periodistas encargadas de cubrir la política son víctimas del sexismo de algunos políticos y funcionarios. Cuarenta de ellas, se unieron para denunciar este hecho en un manifiesto publicado en el diario Libération.

Nosotras no pertenecemos a la generación de Françoise Giroud. Durante los años 70, esta co-fundadora y jefa de redacción del Express, fue la primera mujer en dirigir un gran periódico masivo, y a su vez disponía de una gran cantidad de sus jóvenes y bellas congéneres. Esta mujer era considerada el cliché machista, pero al mismo tiempo era una editora eficaz. Puesto que estaba convencida de que los hombres políticos se revelaban más fácilmente frente a las mujeres. Cuarenta años más tarde, nosotras, la generación de mujeres periodistas encargadas de cubrir la política francesa bajo el gobierno de los presidentes Sarkozy y Hollande, vivimos en nuestra cotidianidad, la ambigüedad de este “develarse” de los hombres políticos.

En un avión, durante la última campaña presidencial. Es un vocero quien nos toma fotos mientras dormimos para luego compartirlas con el resto del equipo. En un auto, donde comparten militantes y periodistas, un peso pesado de la política nos propone interrumpir el reportaje y dirigirnos a un hotel. Bromeando, obviamente.

En las “Cuatro Columnas”, la pequeña sala donde circulan diputados y frases con buenas intenciones, ubicada en el corazón de la Asamblea Nacional, un diputado nos recibe con una llamativa frase: “Ah, pero usted se prostituye, espera un cliente”. Mientras que otro hombre nos pasa la mano por el cabello, alegrándose por el regreso de la primavera. En el Senado, es un parlamentario quien se lamenta de que usemos un cuello tipo beatle en vez de un escote. También es un candidato frente a un grupo de periodistas hombres, que decide respondernos a nosotras por sobre ellos en un día de verano “porque ella viste un lindo vestido”. Otro de los hombres que da cuenta de esta ambigüedad con nosotras, es la estrella en ascenso de un partido, quien insiste en vernos una tarde, fuera de los lugares y horarios del poder. También sucede a puertas cerradas, en la oficina de un diputado, cuyos intentos de acoso sólo cesarán con la amenaza de una orden restrictiva.

En un avión, durante la última campaña presidencial. Es un vocero quien nos toma fotos mientras dormimos para luego compartirlas con el resto del equipo. También ocurre en un auto, donde comparten militantes y periodistas, cuando un peso pesado de la política nos propone interrumpir el reportaje y dirigirnos a un hotel, “bromeando” obviamente. Otra de estos hechos sucede en una fábrica visitada rápidamente, donde un ministro se divierte en vernos llevar túnicas azules reglamentarias y desliza una frase como si nada: “sería mejor si no tuviera nada debajo”. Mientras que un consejero ministerial nos pide que de regreso de nuestras vacaciones volvamos “bronceadas realmente por todas partes”.

EL TEXTOS, CLÁSICOS, RECURRENTES, INSISTENTES

Bajo el dorado jardín de invierno del Elíseo, es un miembro del gobierno quien fija intensamente la libreta puesta sobre nuestras rodillas en medio de una conferencia de prensa presidencial. Hasta que recordamos que ese día llevábamos puesto un vestido. Algo similar sucede con un antiguo consejero del Elíseo quien busca entretenernos, haciendo resplandecer grandes hoteles, prácticas de golf y conferencias internacionales, en nombre de nuestra “colaboración” pasada. Más tarde, en la mesa es un ministro quien hace bromas con nuestros colegas hombres sobre sus ambiciones “por la mañana afeitándose” antes de voltearse hacia nosotras y decirnos: “¿y usted, sueña conmigo por la noche?”. Es un amigo del Presidente quien juzga a las periodistas “más interesantes según medidas de su delantera” o un ministro que, viéndonos inclinada para recoger un bolígrafo, no puede retener su mano murmurando: “Ah, pero qué es lo que me muestra allí?”. Mientras que, el guardaespaldas de una “personalidad” y de un antiguo ministro se atreve a todo y consigue nuestro número de celular para probar su suerte.

Hay también suspiros condescendientes que acompañan nuestras interrogaciones en conferencias de prensa: “esto, es una pregunta de chica”. Los mensajes de texto –clásicos, recurrentes e insistentes– nos muestran una variedad de ofertas: “una información, un aperitivo”. Como también las invitaciones a cenar repetitivas, a veces hasta los fines de semana. Tantos como los intentos que revelan un humor “juguetón”, “colegial” o el “arte de la seducción a la francesa”. Dependiendo de sus autores. La pregunta a un diputado: “¿si tuviera que conservar sólo un momento de su primer año como parlamentario, cuál sería?” Y responde: “el momento en que usted me propuso un almuerzo”. Antes de declararse en retirada rápidamente con un: “OK, me voy”. Algunos, a menudo los más jóvenes, se excusan por caer en los mismos defectos de los mayores. Lo que da cuenta de un cambio generacional y, posiblemente, de madres feministas.

Ni ingenuas ni caricaturescas. Sabemos que nuestro oficio implica construir una proximidad y un lazo de confianza con nuestras fuentes. Pero lamentablemente comprobamos que no lo hacemos como nuestros compañeros hombres, porque debemos integrar las limitaciones del sexismo del medio en el que nos desenvolvemos. Puesto que evitamos las entrevistas o las reducimos, vestimos tenidas que no llamen la atención y tenemos una vigilancia permanente por conservar un diálogo formal conservando una buena distancia entre el periodista y el entrevistado.

NINGÚN DERECHO A LA IMPUNIDAD

Pensábamos que el caso de Dominique Strauss-Kahn había permitido rescribir los márgenes sobre las costumbres machistas, los símbolos de que lo arcaico de una sociedad y la política, estaban en vías de extinción. Por supuesto, estas manifestaciones de “paternalismo lujurioso”(1) no caen sobre todas nosotras cada día. Una gran parte del establishment político da pruebas de una ética personal y profesional que evita cualquier paso en falso. Nosotras somos también conscientes que hacemos nuestro trabajo en condiciones extremadamente privilegiadas, en relación a la mayoría de las francesas que pueden perder su empleo o su salud por culpa del acoso, y en relación a nuestras colegas más aisladas en los medios regionales. Pero el hecho que estas prácticas, calcadas a lo que pasa todos los días en la calle, las fábricas o las oficinas, implican a los hombres políticos de la República encargados de hacer las políticas del país, nos empuja hoy a denunciarlos. Ellos provienen de todas las familias políticas, sin excepción y se mueven en todos los niveles del poder, y por lo mismo, no tienen derecho a ninguna impunidad. Como los otros.

Mientras la política esté mayoritariamente en manos de hombres heterosexuales sobre todo sexagenarios, nada cambiará. Nos habría encantado que todas pudieran firmar este texto, sin tener que atrincherarse detrás del anonimato. Pero algunas de nosotras están en situaciones profesionales complicadas y no necesitan que se les añada más discriminación. En cierta forma, queremos que no sufran el machismo por haber denunciar estos hechos.

En 2015, lo que realmente nos hubiera gustado, sería no tener que escribir desde esta posición.

Cécile Amar (le JDD), Carine Bécard (France Inter), Hélène Bekmezian (le Monde), Anne Bourse (France 3), Lenaïg Bredoux (Mediapart), Laure Bretton (Libération), Déborah Claude(AFP), Laure Equy (Libération), Charlotte Gauthier (Radio Classique), Mariana Grépinet (Paris-Match), Christine Moncla (France Culture),Gaétane Morin (le Parisien Magazine), Véronique Rigolet (RFI),Annabel Roger (RMC), Audrey Salor (l’Obs), Nathalie Schuck (le Parisien) avec le soutien de Ruth Elkrief et au nom d’un collectif de 24 autres journalistes représentant 13 autres médias.

(1) Ver el libro: “Les Mecs lourds ou le paternalisme lubrique”, de Natacha Henry, Éditions Robert

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