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El piropo es violencia de género

por Camila Ponce Lara

Creo que no tenía más de 9 años cuando sufrí el primer tipo de acoso callejero en mi vida.

Estaba en el colegio con mi mejor amiga durante el recreo, cuando un hombre se nos acercó por la reja del colegio para pedirnos información sobre una profesora. Inocentemente ambas miramos la cara de la mujer que señalaba en una foto y que por supuesto no conocíamos. Nos tomó unos segundos darnos cuenta que la mujer no formaba parte de los profesores de nuestro colegio porque estaba desnuda y estaba follando dos o tres hombres al mismo tiempo. El tipo no nos manoseó ni nos dijo palabras obscenas. No fue necesario: la violencia fue simbólica, puesto bastó con una imagen de pornografía para quedarse grabada en nuestra memoria hasta el día de hoy.

Más tarde vendrían muchos incidentes más. Sufrí bastantes, durante mi adolescencia, al igual que muchas de mis compañeras. Sin embargo, yo nunca fui de esas que esperaban convertirse en mujer y usar zapatos de tacón. Era feliz siendo niña y subiéndome a los árboles con mis primos durante las vacaciones. Por lo cual, “crecer” se transformó en tortura. Más aún, cuando mis transformaciones se volvían cada vez más evidentes y desagradables. Durante el verano, por ejemplo, no tenía forma de ocultar mi nuevo cuerpo; mis curvas y todo aquello que me desagradaba. Tampoco es que me hubiera transformado en una Marilyn Monroe ni mucho menos, pero lo cierto es que cada vez se me hacía más pesado salir a la calle sola, y recorrer la ciudad.

Han pasado varios años desde entonces y la violencia hacia las mujeres sigue presente en todas partes. Según la Encuesta sobre Acoso Callejero en Chile realizada en 2015, un 97% de las mujeres entre 18 y 34 años ha sido víctima de acoso sexual, prácticas que comienzan a acostumbrarse desde los nueve años.

Al nivel que poco a poco comencé a cambiar mi modo de vestir. Mi forma de comportarme. A fuerza de manoseos, piropos o comentarios dejé de usar la ropa que antes me gustaba; las camisetas apretadas o cortas y los shorts que dejaban poco a la imaginación, terminaron siendo guardados en un cajón. Me alegré infinitamente de no tener que usar mi uniforme escolar nunca más en mi vida, con el que se veía acrecentar el morbo de algunos pervertidos. Como olvidar al tipo bañado en colonia barata, que muy temprano por la mañana se masturbó en el paradero vacío, mirándome fijo y esperando mi reacción mientras esperaba la micro para ir al colegio. Joven e inexperta no alcancé a decirle ningún insulto y huí rápidamente aguantándome las lágrimas de rabia e impotencia. Así es como esta violencia cotidiana terminó por autocensurarme inconscientemente y me tomó tiempo desterrar esos comportamientos.

Han pasado varios años desde entonces y la violencia hacia las mujeres sigue presente en todas partes. Según la Encuesta sobre Acoso Callejero en Chile realizada en 2015, un 97% de las mujeres entre 18 y 34 años ha sido víctima de acoso sexual, prácticas que comienzan a acostumbrarse desde los nueve años. Entre las formas de acoso sufridos por las mujeres van desde silbidos, miradas lascivas, hasta exhibicionismo y violaciones.

Sin embargo, para mí la violencia hacia las mujeres se despliega en distintos lugares y de múltiples formas. Está presente en el hombre que le dice “rica” a la madre embarazada; en el amigo que te dice que hay un vestuario de prostituta o que recalca que haces “comentarios de mina”; en el hombre que le pega a su pareja por “accidente”; en todas aquellas publicidades y “operaciones bikini” que nos exigen bajar de peso y estar “buenas” cuando se aproxima el verano. Está vigente y e institucionalizada cuando nos cobran más en la salud porque tenemos útero y además en edad fértil; o cuando no nos permiten decidir sobre nuestro cuerpo y una senadora de la República es capaz de declarar que las mujeres cuando estamos embarazadas no hacemos más que “prestar el cuerpo”.

Así es como entendí que las agresiones cotidianas y la violencia seguirán presentes aunque cambiemos nuestro comportamiento o vestimenta. Son muchos los experimentos de mujeres que relatan sus experiencias de acoso callejero, o las entrevistas a los mismos acosadores y el resultado es el mismo. El acoso callejero es finalmente un abuso de poder y deja entrever el menosprecio de estos hombres hacia las mujeres. Poco importa lo que uno lleve puesto, que (según los cánones estéticos del agresor seamos deseables o no deseables), esto no determina nada, ya que en la mayoría de los casos, existe una predisposición previa de los hombres a practicar esta violencia. Y evidentemente mientras siga siendo “permitida”, “aceptada” y “retroalimentada”, se preservará por siempre.

Mientras como sociedad no consideremos el “piropo” como acoso y lo encontremos divertido, seguiremos validando estos comportamientos. Cuando como mujeres dejemos de juzgar a nuestras pares por su vestimenta también contribuiremos en este cambio. Cuando las mujeres seguimos siendo “sujetos” de segunda categoría –con salarios más bajos, planes de salud más caros o poca y nada decisión de nuestro cuerpo- todo sigue igual. Sólo cuando sea inaceptable tratar a las mujeres como “objetos”, “recipientes” o “esposas sin individualidad”, la violencia de género dejará de ser parte de nuestra cotidianeidad y se transformará en un mal recuerdo del pasado. 

Referencias:

Primera encuesta de Acoso Callejero
Segunda encuesta de Acoso Callejero

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