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I’ve got the power: really?

por Karina Felitti

En las últimas semanas llegaron a mí artículos, convocatorias y noticias que a pesar de sus diversas procedencias y contenidos tenían algo en común: describían y promocionaban modalidades de empoderamiento femenino.

No recordaban las luchas por el derecho al voto y a ser elegidas como representantes, o la importancia de los derechos laborales, reproductivos y sexuales, ni tampoco señalaban de modo particular las deudas en cada una de éstas áreas. Más bien, se concentraban en visibilizar oportunidades de liberación en lo cotidiano. Por ejemplo, una nota periodística se anclaba en el “feminismo urbano” para promover el ciclismo femenino y con él, la creación en las ciudades, consideradas como no pensadas para las mujeres y por ello patriarcales, de “trayectos nuevos: feministas, libertarios”.[1] Otras propuestas invitaban a no depilarse (axilas, cavado, piernas), resistiéndose así al modelo de belleza hegemónico y promoviendo la equidad de género, con el argumento de que si el varón no lo hace, tampoco deberían estar obligadas las mujeres a ello.

Depilarse toda, algo o nada, establece en determinados ámbitos feministas una barrera, como si cada pelo fuera una condecoración al mérito y la aplicación del rayo laser una traición. Con las bicis pasa algo parecido: una cosa es ir al gimnasio buscando el cuerpo perfecto y otra hacer el mismo pedaleo en el espacio público y en nombre de la revolución de género.

No desmerezco estas iniciativas. Puede que una bicicleteada femenina o abandonar la cera depilatoria signifiquen gestos de emancipación tan valiosos como fue en otro momento el que las mujeres usaran pantalones, acortaran sus faldas o quemasen sus corpiños (aunque tal fogata nunca haya existido). Tampoco me interesa juzgar estas propuestas a partir de una escala de valor que pone en tensión los “temas importantes” de la agenda feminista latinoamericana (como el derecho al aborto legal, la protección contra la violencia sexista) con otros a los que se consideran “menores”. Exigir el derecho a parir escuchando música, con luz tenue y en la posición que cada mujer elija puede parecer una banalidad mientras haya mujeres que mueren en abortos clandestinos, lo mismo que pedirle al estado que entregue dildos gratuitos mientras se suceden violaciones sin justicia. La discusión sobre lo urgente y lo importante, no alcanza en estos caracteres.

Lo que someto a reflexión aquí son dos cuestiones. Por un lado, por qué el tan mentado derecho al cuerpo encuentra en el campo feminista una validez incuestionable en determinadas escenas y en otras, en cambio, sólo parece dar lugar a la sospecha. Esto aplica a temas de envergadura notable, como el indiscutido derecho al aborto y la mayormente rechazada subrogación de vientre; lo mismo respecto a la prostitución, tratada como explotación sexual o como trabajo. Pero también este “derecho al cuerpo” se hace carne en prácticas mucho más leves. Depilarse toda, algo o nada, establece en determinados ámbitos feministas una barrera, como si cada pelo fuera una condecoración al mérito y la aplicación del rayo laser una traición. Con las bicis pasa algo parecido: una cosa es ir al gimnasio buscando el cuerpo perfecto y otra hacer el mismo pedaleo en el espacio público y en nombre de la revolución de género.

Quienes señalan acusatoriamente estas tecnologías de lo sexy -que en la práctica se combinan con discursos del bienestar, la salud, la higiene y la decisión personal- construyen a su vez otros modelos que no necesariamente son liberadores. Por el contrario, colocan barreras entre las mujeres, entre las “víctimas del patriarcado”, las dispuestas a todo para ser deseadas por los varones, y las “iluminadas”, las “liberadoras”, las que están más allá de todo falo. Lo que sucede en la práctica es que las mujeres “comunes”, que no pasaron por ningún espacio de formación feminista, huyen despavoridas al grito de no me salves. Mientras, algunas de las que militamos en el feminismo agradecemos que nuestra pelvis depilada, y por ello “infantilizada” según este otro discurso, solo pueda ser descubierta bajo nuestra estricta decisión.

El discurso más libertario termina así jugando a favor de lo que propone combatir. Se diluye la diversidad, un modelo se impone sobre otro, se quiebran solidaridades y se corre el foco de atención. Con pantalones o con faldas, con corpiños o sin ellos, depiladas o como felpudos, en bici o corriendo como lobas, debemos seguir tratando de llegar a esos lugares en donde se ejerce el poder político real, no solo simbólico, sin dejar que las consignas del empoderamiento se vacíen de contenido y con ello, de eficacia.

Referencias

[1] Rocío Cortina, Mujeres sobre ruedas (de bici): otra forma de empoderamiento femenino.

Karina Felitti: Argentina. Doctora en Historia por la Universidad de Buenos Aires. Investigadora de CONICET en el Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género, Facultad de Filosofía y Letras, UBA. Le gusta cantar, ir al cine, viajar y conocer otras costumbres. 

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