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Sobre las relaciones abiertas

por Sergio Ramos Reyes

No pretendo hacer una apología. Quizá solo pretendo dar mi opinión, lo cual no quiere decir que soy neutral, sino que simplemente me parece correcto dar otra perspectiva sobre el tema en cuestión.

Desde hace algún tiempo he visto en diversos medios virtuales, artículos y comentarios relacionados con lo que es una “relación abierta” definiéndola como una forma de cosificar a otros (as), como síntoma de inmadurez, como la última moda que nos apresa en nuestras inseguridades, en una nueva forma de comercio del cuerpo. O bien encontramos una mirada de burlona descalificación. No soy precisamente un sociólogo, no tengo idea de las teorías contemporáneas sobre las relaciones, tampoco soy ni pretendo ser psicólogo, pero tampoco pienso que estas limitaciones de mi entendimiento me impidan hablar de algo que ciertamente nos incumbe a todas y todos, lo que genéricamente podríamos entender como amor.

 En una relación, de la índole que nos propongamos que sea, debemos tener en cuenta que no podemos poseer a nadie, que no podemos convertirnos en objeto de posesión tampoco. Que difícilmente conoceremos completamente a alguien, nunca someteremos sus secretos, ¿qué nos obliga a saberlo todo de alguien?

Para mí es claro que esta palabra está históricamente construida, que podríamos hacer una genealogía del amor para descubrir cómo el ser humano se relaciona con otros seres humanos para satisfacer sus necesidades emocionales. Entonces tenemos que el amor no es algo eterno, no es un concepto o idea que se ha mantenido inmodificable en el tiempo. Que lo que buscamos al momento de querer tener novio o novia está influenciado por nuestra educación, por las relaciones emocionales bajo las que nos hemos criado, por nuestra cultura que (quién lo ignora) está permeada por el cristianismo, el judaísmo, la cultura latina, y muchas otras tantas influencias que sería difícil y oneroso demostrar.

Pues bien, la monogamia forma parte de esta cultura de lo aceptado socialmente, cuando alguien o cuando una pareja de algún modo cuestiona esta cultura nos vemos enfrentados (as) a una serie de adjetivos, de racionamientos, de censuras que no resultan fáciles de asumir. Por ejemplo, alguien podría decir que una relación abierta es síntoma de inmadurez. Poco sé de este término, pero se sobreentiende que la madurez está dada por un comportamiento correcto, determinado por unas pautas sociales. La madurez sería más bien, desde mi punto de vista, un proceso en el cual aprendemos a vivir con los demás, a tomar decisiones con la conciencia de entender las responsabilidades y no sólo los beneficios que una decisión implicaría. Entonces no tenemos relaciones abiertas porque seríamos inmaduros según la definición de los demás.

Por otra parte también se nos dice que corremos mayor riesgo de contraer una ITS o una ETS, no creo que la ecuación promiscuidad = enfermedades venéreas, sea siempre aplicable. Ya Nietzsche nos mostró la inconveniencia de fundar la moral o la ética en el miedo. Es verdad que es importante la educación en la prevención, pero también lo es el respeto por el propio deseo, el disfrute de la sexualidad. Lo cual significa que debemos ser conscientes de la responsabilidad que implica, el consenso con la otra persona, la honestidad en las intenciones. Creo que una comunicación directa, primero con uno (a) y después con los demás, de los propios anhelos y búsquedas, nos permitirá establecer relaciones más enriquecedoras, menos arriesgadas en términos emocionales y de salud.

Otro aspecto que se suele resaltar al criticar este tipo de relaciones es  que con una persona es suficiente, que con una sola persona podemos encontrar nuestra plenitud. Giovanni Papini dice todos somos faltos. Y esta condición no se mitiga en una relación amorosa, en primer lugar debemos ser conscientes de este hecho. Con otra persona podemos compartir infinitud de experiencias, pero esta persona nunca podrá satisfacer nuestras expectativas, no es su deber. Al conocer a otras personas, somos conscientes de nuestros límites y los de las demás y entendemos que exigiéndole a los (as) otros (as) solo nos hacemos daño a nosotros (as). En mi opinión resulta más provechoso aceptar las diversas experiencias que resultan de estar con diversas personas, desde luego no todas serán gratas, ¿por qué negarse a experimentar determinadas vivencias? El camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría, escribió William Blake.

En una relación, de la índole que nos propongamos que sea, debemos tener en cuenta que no podemos poseer a nadie, que no podemos convertirnos en objeto de posesión tampoco. Que difícilmente conoceremos completamente a alguien, nunca someteremos sus secretos, ¿qué nos obliga a saberlo todo de alguien? En su libro Retrato de un matrimonio, Nigel Nicolson nos cuenta la relación de sus progenitores, la escritora Vita Sackville-West (reconocida como una de las pioneras de la literatura queer) y el diplomático inglés Harold Nicolson. Relación determinada por tener relaciones paralelas con personas del mismo sexo. En un apartado Vita reflexiona: no sé lo que estoy viviendo pero cuento mi historia porque les puede ayudar a otras personas. Creo que es lo más valioso, la capacidad de entender que nos transformamos, de no temer a nuevas vivencias, teniendo en cuenta que somos seres inmersos en un contexto histórico, con ciertos deberes y libertades.

Créditos imagen: Pixabay.com

 Sergio Ramos Reyes: Licenciado en Ciencias Sociales de la Universidad Pedagógica Nacional. Bogotá, Colombia.

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