Columnas, Columnas Anteriores, Destacado, Inicio
Dejar un comentario

La memoria fragmentada

por Ana María Campillo Bastidas

¿Por qué, a 42 años del golpe militar de 1973, se sigue remeciendo la conciencia de la mayoría de los ciudadanos y ciudadanas en Chile?

En Minima Moralia, a partir del exilio como perspectiva filosófica, Theodor W. Adorno hizo su mejor defensa del individuo, la libertad y la diversidad, en su intento de superar la crisis de la razón que afectaba a la sociedad occidental, y propuso una nueva forma de racionalidad, una nueva cultura y una nueva relación con la naturaleza y con el cuerpo violentado. Adorno sabía que esa reconstrucción de la cultura no era posible sin una elaboración de la memoria. Lo sabemos también nosotros, que aún intentamos juntar los pedazos de memoria para recuperar nuestro cuerpo nacional violentado, quemado, mutilado.

 El rostro de Carmen Gloria Quintana y la voz que surge de las entrañas de Verónica De Negri, a veintinueve años del desgarro, han golpeado el centro de la conciencia nacional. Todos los días se suma un nuevo libro, un nuevo testimonio en algún reportaje de la prensa o en programas especiales de los canales de televisión chilenos.

Hoy, ese propósito resulta un verdadero imperativo político y, sobre todo, moral: recordar y reconocer el pasado, hacer justicia para evitar la repetición del horror y construir un presente digno. Ese imperativo, para cualquier país con verdadera voluntad democrática, es reivindicado por algunas voces señeras, por la memoria necesaria de las y los sobrevivientes víctimas de la dictadura, que nos llama a recordar a los que todavía esperan en fosas comunes u olvidados en algún cerro, en el fondo del mar o en el desierto, esa justicia que les debemos.

El rostro de Carmen Gloria Quintana y la voz que surge de las entrañas de Verónica De Negri, a veintinueve años del desgarro, han golpeado el centro de la conciencia nacional. Todos los días se suma un nuevo libro, un nuevo testimonio en algún reportaje de la prensa o en programas especiales de los canales de televisión chilenos. Es lo esperable, es lo mínimo, pero no basta, porque corresponde que una vez más –quizás hoy más que nunca- recordemos las atrocidades cometidas durante la dictadura cívico-militar. Y es necesario insistir en esto: fueron también los civiles los responsables directos del horror, sin eufemismos. Es necesario insistir contra el olvido, para que nunca más.

“Salvo que una persona haya cometido un grave crimen, el juicio moral sobre una persona debe hacerse sobre una trayectoria completa. En ese momento probablemente él no podía ignorar que estas personas, habrían sufrido una violación a los derechos humanos. De hecho fueron asesinados, porque dos personas no se vuelan con un dinamitazo dejando a un niño solo”, dijo hace poco en una entrevista José Zalaquett –abogado de la Vicaría de la Solidaridad y miembro de la Comisión Rettig que investigó las denuncias sobre violaciones a los derechos humanos de miles de chilenos y chilenas- en un programa de TVN, refiriéndose al general Cheyre, entonces subteniente o teniente del Ejército de Chile. Como ayudante de Lapostol -el general que ordenó dinamitar a los padres de Lejderman,  el niño de dos años que presenció el asesinato de sus padres-, a Cheyre le correspondió, entre otras muchas funciones que aún no conocemos, trasladar a ese niño a un convento de monjas. El resto es la historia de ese niño y de Chile, que no se terminará de escribir hasta que no nos devuelvan los pedazos ocultos de nuestra memoria.

Para conocer la verdad, para hablar de respeto a la vida, de justicia, de reparación, necesitamos oír las voces que han insistido majaderamente en ello a lo largo de las últimas décadas en Chile. Necesitamos seguir escuchando las voces de Carmen Gloria, Verónica, Estela, Gladys, para que nos animen con su fuerza a reencontrarnos, a renacer, a contarnos las miles de historias personales que discurren como el pespunte aún invisible del tejido nacional. Son las pequeñas historias de Chile, los fragmentos que pueden aún reordenarse para develar con ellos una misma sentencia: la verdad que permitirá hacer justicia y reparar el daño. Como viene repitiendo una voz valiente, uno de nuestros mejores poetas, jurista y ex diplomático, Armando Uribe Arce: “Hay que hablar en nombre de la dignidad y el espíritu de justicia de las chilenas y chilenos que no tienen poder” (De memoria, by heart, par coeur).


Ana María Campillo Bastidas:
 Chilena, Magíster en Literatura por la Pontificia Universidad Católica de Chile, Magíster en Edición de Libros por la Universidad Diego Portales. 

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s