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Bendito útero

por Karina Felitti

Allá por los años ’70 la feminista canadiense Shulamith Firestone describía a la maternidad como una “trampa amarga” para las mujeres, y confiaba en que la liberación llegaría con la posibilidad tecnológica de la reproducción humana por fuera de ellas.

La “servidumbre reproductiva” que imponía el patriarcado encontraba su base material en el cuerpo, en la diferencia biológica, una situación que los “úteros máquina” superarían. Otras pensadoras se sumaban a esta mirada que entendía al cuerpo femenino como traición –la Simone del Segundo Sexo, por ejemplo– por menstruar, por su posición en la relación sexual, por embarazarse, por parir.

En paralelo y como reacción, otros discursos llamaban a reconocer la corporalidad femenina en términos positivos y demandaban derechos que asegurasen que la diferencia no se tradujera en desigualdad. Ese reconocimiento necesitaba de exploraciones conceptuales y también prácticas.

En paralelo y como reacción, otros discursos llamaban a reconocer la corporalidad femenina en términos positivos y demandaban derechos que asegurasen que la diferencia no se tradujera en desigualdad. Ese reconocimiento necesitaba de exploraciones conceptuales y también prácticas. De ahí que en los grupos de concientización feministas y en otros espacios activados por mujeres, además de hablar del orgasmo, la masturbación, la menstruación, el deseo, fuera frecuente explorar el propio cuerpo para (re)conocerlo. Ayudadas con espéculos y espejos, se generaba conocimiento y conciencia. Verse el cérvix, separar el sexo de la reproducción, eran revoluciones cotidianas generadas a partir de nuevas tecnologías que las mujeres tomaban para sí. Se apropiaban así del espéculo, un instrumento antiguo, asociado al dolor y el poder masculino/médico (se usaba con esclavas, prostitutas, mujeres a las que estaba permitido abrirles la vagina) y de la píldora, un preparado hormonal diseñado e impulsado para responder a problemas geopolíticos y no como herramienta de emancipación sexual.

Avanzamos en el siglo XXI y algunas de las discusiones de la Segunda Ola siguen vigentes, como también continúa la falta de acceso de muchas mujeres a un conjunto de derechos que resguarde sus libertades, satisfaga sus necesidades e impulse su vitalidad. En este contexto, desde diversos lugares de enunciación –religioso, espiritual, ecologista, de la salud, comunitarista, anarquista, socialista, humanista, feminista– asistimos a una vuelta al cuerpo como lugar primario de experimentación y aprendizaje. Más allá de las teorías de género –y muchas veces en oposición a ella en nombre de “la mujer”–, la materialidad biológica pide pista y encuentra espacios de aterrizaje en una oferta de bienes y servicios que colaboran con la creación de conciencia corporal. Lejos de pensar al cuerpo como un obstáculo se lo considera una fuente de poder que se analiza y explora en talleres de respiración ovárica, cursos de terapia menstrual y prácticas de sanación del linaje femenino. Los círculos de mujeres que dialogan, meditan, cantan, bailan, invocan a lo sagrado y proponen sororidad se extienden cada vez más. Como aquellas feministas de los 70 se reúnen en grupo pero no tienen la premisa de la movilización colectiva sino del movimiento individual. El cambio parte de una misma. El llamado no es telefónico, no se enteran por el boca a boca entre amigas y conocidas, sino por las redes sociales, saben además la fecha porque esta se decide generalmente por la posición de la luna. En algunas reuniones también se usa el espéculo: aprendieron cómo explorarse en libros y videos que bajan de Internet y se emocionan hasta las lágrimas cuando encuentran su cuello uterino. Rechazan las píldoras anticonceptivas, los tampones, las toallas sanitarias industriales y los analgésicos. “Si te duele el útero, masajéalo o mastúrbate, eso es relajante”. “Observa tu flujo y la posición de la luna para calcular tus días fértiles”.

Otra diferencia con los grupos setentistas es la relación con la moneda. Entonces no se cobraba por participar de un grupo de concientización, era algo impensado y contrario a los principios de oposición al sistema que estaban difundiendo. Muchos de los círculos de mujeres, en cambio, son pagos. A veces se esquiva hablar de “precio” y por eso la palabra se camufla en “reciprocidad”, “valor del intercambio” o se deja abierta una “caja de la abundancia” para colocar el dinero que casi siempre tiene una cifra “sugerida”. En general, son valores “accesibles” aunque esto depende del lugar y de quien está a cargo de la actividad. Miranda Gray, la autora de Luna roja, libro clave para estos movimientos, cobra (se dice “tiene una inversión”) sus talleres de dos días para formarse y certificarse como bendecidora y/o sanadora del útero 350 dólares. “Ser Moon Mother es un llamado intenso que te invita a tan sagrada tarea” es el encabezado de un email informativo que explica en forma detallada con cuánto dinero se reserva el cupo, los medios de pago, la posibilidad de cuotas y los descuentos. “Si sentís el llamado no pierdas esta oportunidad!!!” concluye.

Miranda Gray dará su taller en Buenos Aires los mismos días en los que en Mar del Plata se realizará el 30 Encuentro Nacional de Mujeres. Allí habrá talleres y la sacralidad de lo femenino, la reflexión sobre la menstruación y la sexualidad también estarán presentes. Sin exigencias de dinero se buscará la fuerza de lo colectivo desde un esquema de lucha política, de acción.

Es evidente que lo personal es político pero el modo en que esto se agencia no lo es tanto. Partiendo de reconocer que el cuerpo femenino responde a ciclos y que mucho puede aprenderse a partir de conocerlos, me pregunto en qué medida centrar el poder en el útero, cuando las posibilidades de generar vida por fuera del cuerpo de las mujeres son cada vez menos ficcionales, repercutirá en la vida social futura. Quisiera saber si mientras vacío mi copa menstrual y lavo mis paños de tela, el cambio climático va deteniéndose o si esto es una gota (de sangre) en el mar.

Karina Felitti: Argentina. Doctora en Historia por la Universidad de Buenos Aires. Investigadora de CONICET en el Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género, Facultad de Filosofía y Letras, UBA. Le gusta cantar, ir al cine, viajar y conocer otras costumbres. 

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