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La receta

por Mauricio Embry

En una nueva edición de relatos, presentamos a Mauricio Embry con un cuento sobre anorexia y juventud.

En cuanto suena el timbre, Gloria se dirige rápidamente al camarín lamentándose por no haber alcanzado a hacer más abdominales. Al llegar abre la llave de una de las duchas y se moja el pelo. Luego se pone el uniforme encima de la polera transpirada.

— ¿Y voh no te vai a bañar huevona? —le dice una compañera mientras se abrocha el sostén.

Gloria no responde y simplemente se apresura a meter las cosas en su bolso lo más rápido posible.

—¡A voh te hablo! ¿No te vai a bañar?

—Me baño después en mi casa —responde Gloria sin mirarla a la cara.

—¡Que erís rancia!, vai a andar pasada a ala todo el camino.

Gloria no dice nada y se va del lugar con el pelo chorreando una mezcla de agua y sudor.

—Esta mina siempre hace lo mismo —comenta otra compañera—. Nunca la he visto bañarse. Cree que porque se moja el pelo pasa piola, pero la profe la tiene más cachada que la cresta, no le dice nada porque es matea nomás.

—¡Qué asco!—agrega otra—, con razón yo varias veces la he sentido hedionda después de las clases de Educación Física.

Gloria come un poco de la lechuga, luego corta un trozo de pollo y se lo come. Puede sentir cómo su estómago comienza a abultarse. Entonces toma el plato y lo arroja por el ducto de la basura. Su hermana mayor la espía. No le dice nada.

Afuera del camarín, Gloria se encuentra con su amiga Loreto que está en el curso paralelo. Son vecinas, así que ambas se van juntas a sus respectivas casas. Loreto le cuenta que tuvo una prueba de matemáticas. Gloria camina con la cabeza gacha y no responde.

Repentinamente, al llegar a la cancha de pasto, ven a Paula, una antigua amiga de ambas, besando a Leonardo, el ex pololo de Gloria. Ésta se queda mirando con los ojos abiertos mientras la lengua de Paula se mueve de un lado a otro dentro de la boca de su antiguo pololo. Gloria sabe que están juntos, pero nunca antes los había visto agarrando. Leonardo está de espaldas y Paula mira hacia Gloria. En cuanto se da cuenta que Gloria está mirando, Paula mete la lengua aún más adentro y le pega un agarrón en el poto a Leonardo.

—No pesquís amiga —le dice Loreto a Gloria tomándola del brazo para que se vayan—. No vale la pena, la Paula es una hueca de mierda.

—Hueca, pero igual no más está con el Leo—responde Gloria.

—Porque el Leo es caliente nomas poh amiga, y esta maraca lo debe tener agarrado de los cocos.

—Bueno, en verdad me da lo mismo lo que haga o deje de hacer.

—Así se habla amiga. Oye y para endulzar la vida ¿No te tinca ir a tomarnos uno de esos helados que nos gustan al Bravísimo?

—No gracias, son súper obesos esos helados.

—Pero filo, si es uno no más poh.

Gloria se imagina un exquisito helado de suspiro limeño chorreando por un barquillo bañado en chocolate y por unos momentos está a punto de aceptar. Sin embargo al recordar lo que pasó para el cumpleaños de su tía, hace exactamente un año, decide que debe resistir.

—Es que así se parte poh —replica Gloria—. Primero uno, después otro y otro. Y todo se te va a la guata poh.

—Pero amiga, hace ene que no vamos. Además me tienes preocupada. No te veo comer nada en todo el día y estai cada día más flaca.

Mientras escucha a su amiga, retumban en sus oídos las palabras que escuchó de su tía aquella vez: “Por Dios que está gorda esta niñita, si parece chanchito, apenas cabe por la puerta”.

—Ya te dije que no quiero poh, no hinchis más —dice Gloria molesta.

—Pero es que en serio amiga. No puedes dejar de comer por ese imbécil —insiste Loreto.

—¡Ya déjame!, ¡No te metai en lo que no te importa! Lo que pasa es que querís que sea igual de guatona que tú, por eso me decís que coma ¿Sabís que más?, me voy sola también.

Loreto no sabe qué responder. Simplemente se queda mirando con los ojos llenos de lágrimas. Se queda con la mirada fija viendo cómo la escuálida figura de su amiga Gloria desaparece.

Gloria llega al departamento donde vive. Su hermana mayor la saluda, pero ella no responde. Se mete a la ducha y cuando sale se mira al espejo. Se toca las estrías que tiene en su estómago. “Puta que estoy guatona”, piensa. “Tengo el medio rollo saliéndome de la cadera”.  “Esa maraca de la Paula no tiene nada de grasa”. “Es obvio que usa laxante”. “Si no imposible”.

Al llegar a la cocina ve una nota de su madre. “Acá te dejo el almuerzo. No es mucho, así que cómetelo todo. Un beso”. Gloria lo mira. Es pollo con un poco de arroz, acompañado de una ensalada de tomate y lechuga. Gloria come un poco de la lechuga, luego corta un trozo de pollo y se lo come. Puede sentir cómo su estómago comienza a abultarse. Entonces toma el plato y lo arroja por el ducto de la basura. Su hermana mayor la espía. No le dice nada.

Durante la tarde, Gloria se echa en su cama a hacer zapping. “Puta que es flaca esa weona de la Bolocco”, comenta para sí misma y cambia de canal. “Y la Tonka, parece un palo, y eso que la tele engorda”. Cambia de canal otra vez. “La Kenita en cambio está más gordita, se le sale la grasa por el lado”. De pronto, su estómago comienza a sonar. Siente mucha hambre. “Tengo que aguantar” piensa.

Mientras cambia de canal nuevamente, aparece en la televisión un comercial de una pizzería, luego el de un nuevo helado de chocolate con crema y finalmente el de una marca de manjar. Entonces se acuerda que hace un tiempo su papá le trajo de regalo un manjar blanco de Curacaví. Al principio se resiste, pero después abre el refrigerador por curiosidad. Quiere saber si todavía está o si su mamá lo botó. Abre la puerta y lo primero que aparece es el tarro. Nadie lo ha tocado. Parece que la está esperando. Entonces lo mira, revisa la fecha de vencimiento e intenta abrirlo pero no puede, está demasiado dura la tapa. “Es una señal”, piensa y lo deja a un lado. Se va nuevamente a ver televisión, pero no puede prestar atención a nada de lo que dice el programa. Entonces sale corriendo nuevamente a la cocina, toma un cuchillo y con rabia hace palanca una y otra vez hasta que la tapa sale volando dejando al descubierto la anhelada mezcla. Gloria comienza a comerlo con una cuchara.

Cuando se echa la primera cucharada de aquella dulce y suave substancia, se siente liberada. Toma una cuchara más grande, de sopa, y la hunde en el tarro. Cada cucharada que se lleva a la boca la hace sentir un enorme placer. Sin embargo, mientras el manjar le chorrea por la barbilla, comienza a bombardearla una culpa horrible, por el terrible crimen que está cometiendo. Puede sentir claramente cómo su estómago se llena de grasa, pero no puede detenerse.

Entierra desesperadamente una y otra vez la cuchara, y se la lleva a la boca desparramando parte del contenido en el suelo. Solo toma conciencia, cuando ya se ha terminado prácticamente el tarro. Entonces se queda observando la cuchara con la mirada del asesino pasional que contempla el cuchillo ensangrentado con el que acaba de matar a alguien. Cierra el frasco y se va corriendo al baño.

Con la cabeza prácticamente dentro del wáter, Gloria tose intentando deshacerse de la calórica substancia que ha ingerido. No lo consigue. Sabe que no le queda otra. Le carga hacerlo, le da asco, pero no tiene más opción. Sólo así podrá ponerle remedio al terrible pecado que ha cometido. Entonces, tímidamente se mete el primer dedo en la garganta, se palpa su lengua áspera, y le sobreviene una pequeña arcada. No es suficiente, y prueba con dos dedos. Sólo sale un poco de bilis. Finalmente se arma de valor y se mete con fuerza tres dedos hasta el fondo, de tal manera que se raspa todo el paladar y llega a tocarse hasta la campanilla. Entonces, mientras expulsa todo el manjar que ha consumido, puede sentir cómo su estómago se va reduciendo hasta quedar plano otra vez. Con lágrimas en los ojos, se limpia la boca y se mira al espejo. El panorama es deprimente. A pesar de que ha logrado reducir su guata, aún tiene el puto rollo de la cadera.

Unos ruidos en el pasillo la alertan de que su mamá ha vuelto. Tira la cadena y sale del baño. Desde el pasillo logra escuchar que su madre comienza a hablar con su hermana. Está segura que la muy perra la acusará. Siempre le ha tenido envidia, piensa.

— ¡Gloria! —grita la madre molesta—, ven para acá.

— ¿Sí mamá?—pregunta Gloria haciéndose la inocente, mientras mira de reojo a su hermana encerrándose en la pieza.

— ¿Te comiste el almuerzo?

— ¿Y por qué entonces tu hermana me dice que lo botaste por el ducto de la basura?

— Nada qué ver!

— ¿Estás tratando a tu hermana de mentirosa?

— No sé poh, o tal vez se confundió no más.

— ¿Cómo mierda se puede confundir con eso?

— Bueno, yo fui a botar la basura de mi baño. Capaz que ahí ella pensó que estaba botando la comida.

— ¿Es decir que si le pido al conserje que revise el ducto no me voy a encontrar ningún rastro de la comida que te dejé?

— Perfecto, ahora mismo vamos a ir a revisar la basura, pero te advierto que si encuentro aunque sea un grano del arroz del almuerzo que te dejé, te vas a acordar quién soy yo.

La madre sale en dirección a la conserjería y Gloria la agarra del brazo con desesperación.

— ¡Está bien!—chilla Gloria—, lo boté, pero es que era demasiado para mí. No entiendes que estoy a dieta.

— Pero Gloria, si era súper sano lo que te dejé, y no era mucho precisamente para que te comieras todo.

— ¡Era caleta mamá, como no te das cuenta! Mira lo guatona que estoy— grita Gloria levantándose la polera y agarrándose una guata inexistente.

— Hija, ¡Cómo no ves que te estás haciendo un daño! Tu hermana me dice que otra vez estuviste vomitando.

— ¡Esa hocicona de mierda! —grita enfurecida Gloria golpeando el suelo con el pie— ¡Claro como es una gorda de mierda quiere que yo también lo sea!

— Está preocupada por ti hija, todos los estamos.

— ¡Déjenme todos en paz todos!, no entienden que sólo quiero verme bien, sentirme bien y ser flaca, como… como… la Paula.

— Hija, tú eres mucho más linda que esa tal Paula.

— Dile eso a Leonardo poh.

— Hija, quiero que vayamos a ver a un médico. Esto no puede seguir así

— No quiero, no necesito a nadie, sólo quiero que me dejen en paz.

— No estás bien Gloria, hay que ponerle freno a esto mientras se pueda.

— ¡Perfecto, llévame al médico!, te apuesto que me va a dar la razón. Me va a decir que estoy con sobrepeso, me va a poner a dieta y vas a quedar como huevona ¿Escuchaste mamá? ¡Como huevona!

Gloria sale corriendo y se encierra en su pieza a escuchar Sui Generis. Eso siempre le calma.

Su madre la deja ir. En circunstancias normales la habría castigado por faltarle el respeto, pero sabe que eso no funcionará ahora. Una amiga psicóloga le explicó que tiene que tener paciencia y ser cariñosa. Por lo demás, no quiere hacerse mala sangre. Esa noche tiene visitas. Su hermana está de cumpleaños y la ha invitado para que vaya a cenar con unas amigas, por lo que tiene que preparar todo para el evento.

Pasan las horas y Gloria no sale de su habitación. Cuando empiezan a llegar los invitados, la madre se impacienta y la llama a cenar. Gloria aparece con un bello vestido negro que se compró especialmente para usarlo ese día. Quiere demostrarle a su tía todo lo que ha adelgazado, así que se pasea frente a ella esperando que le diga algo.

La vieja está conversando con su madre y devorando todo a su alrededor. Primero unas empanaditas de queso, luego unos canapés de camarón y finalmente un poco de ceviche. Gloria no entiende cómo puede mantenerse tan flaca. Repentinamente mira a Gloria de reojo.

— Oiga mijita, ¡Por Dios que ha bajado de peso usted!—exclama la tía bebiéndose su pisco sour.

— Viste Gloria, lo mismo que te digo yo —dice la madre.

— ¿En serio crees eso tía? —pregunta Gloria con el rostro esperanzado.

— Si pues mijita, si cuando la vi el año pasado estaba harto más gordita.

— ¿Más gordita? —pregunta Gloria con rostro de preocupación.

— Sí, ahora está bastante más flaca, aunque se ve media demacrada sí.

La sonrisa de Gloria se borra, “Estaba más gordita”, piensa, “¿Es decir que todavía estoy gordita, sólo que menos?”, y luego “dijo también que estaba bastante más flaca, ¿Es decir que no estoy totalmente flaca?”, y finalmente “¿Qué tan demacrada me veo?”. La madre nota la cara de Gloria y trata de cambiar la conversación. Entonces Gloria  se va a la cocina y ve el pastel de cumpleaños de su tía. Es una torta tres leches. No lo piensa dos veces y se lanza hacia él, sacando los pedazos con la mano, mientras los trozos de merengue comienzan a salpicarle su bello vestido negro.

Cuando llega la hora de la cena, todos se sientan, menos Gloria. Gloria va al baño.

— Oye realmente está regia tu hija—comenta una de las invitadas—, ha adelgazado mucho, vas a tener que pedirle que me dé la receta.

— Sí, claro, la receta—dice la madre mientras mira su reloj controlando el tiempo que tardará su hija en volver.

Mauricio Embry: Chileno, Santiaguino del 87´. Desde niño se interesó en escuchar y contar historias. Primero le interesó la televisión y el cine (principalmente Woody Allen, Scorsese, Bergman o Nolan). Un poco más grande descubrió la literatura, siendo Bukowski, Kafka, Carver y Poe algunos de sus autores favoritos. Empezó a interesarse en escribir en la adolescencia, y aunque durante un tiempo lo dejó, en los últimos años ha tomado algunos talleres, principalmente en lo que se refiere a la escritura de cuentos. Algunos sus temas son la complejidad de las relaciones humanas (principalmente familiares y de pareja), la psicología criminal y el miedo a la muerte.

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