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Yo nací con 3 strikes

por Laura Romero Quintana

En baseball, el strike se considera como un punto negativo provocado cuando el bateador no le da a la pelota que lanza el pitcher. En la vida, el strike es un término (gringo, por supuesto) que podría traducirse como una falta o error. El dicho popular implica que “3 strikes y estás fuera”: del juego, de una relación, de cualquier arista en la vida.

Yo nací con 3 strikes. Todos incontrolables e igual de impredecibles que la factibilidad misma de golpear con un palillo delgado una pelota de cuero.

En mis breves años de estudio de figuras femeninas del siglo XX he descubierto que el activismo tiene su precio: encasillarse, inmediatamente, te cierra puertas que tal vez no era necesario mantener bajo llave. Así, el feminismo me dio luz sobre las posibilidades de acción: la agencia no necesariamente implica transformarse en una mal llamada “feminazi”, sino que yo misma me fabrico un espacio, bajo mis propios términos. Y aunque parezca ilusorio, me ha funcionado.

El primero fue geográfico: nací en Chile; ergo, soy sudaca y el 90% de mis rasgos físicos no son congruentes con la imagen de primermundismo. En otras palabras, me sobra nariz y me falta “rubiedad”.

El segundo fue genético: soy mujer. Sobre esto ya han dicho suficiente las Beauvoirs, las Judith Butlers, las Hélène Cixous, las Elenas Caffarenas y tantas otras mujeres y hombres del mundo así que, nuevamente, lo resumiré en un: gracias al patriarcado machista, soy menos que “el otro”.

El tercero fue de habitus[1]: soy lesbiana. Alrededor de los 16 años -acompañada por el boom de las entonces homoeróticas t.A.T.u.- descubrí que adolescentes son adolescentes por donde se los mire y que no tenía una devoción particularmente grande por el “gremio varonil”. Desde entonces, me he definido políticamente bisexual y lesbiana en la praxis, básicamente porque me gusta joder a la gente que busca encasillar (y el grupo bisexual recibe discriminación incluso dentro de la comunidad gay, por todo el mito de la “indecisión”) y, por otro lado, porque llevo una relación de 4 años con una hermosa persona que, sucede, es mujer.

¿Qué se hace, entonces, cuando simbólicamente toda batalla está perdida de antemano? ¿Recordamos las “tretas del débil”[2] de Josefina Ludmer (1984) y jugamos el jueguito escalando peldaños en secreto? ¿Nos transformamos en hábiles camaleones, como Gabriela Mistral, pasando de defensoras del débil a diplomáticos apolíticos cuando la compañía que nos rodea cambia?

En mis breves años de estudio de figuras femeninas del siglo XX he descubierto que el activismo tiene su precio: encasillarse, inmediatamente, te cierra puertas que tal vez no era necesario mantener bajo llave. Así, el feminismo me dio luz sobre las posibilidades de acción: la agencia no necesariamente implica transformarse en una mal llamada “feminazi”, sino que yo misma me fabrico un espacio, bajo mis propios términos. Y aunque parezca ilusorio, me ha funcionado.

Al fabricarse el propio espacio defino -en cierta medida- las reglas que lo organizan: quiénes son bienvenidos y quiénes no, qué cosas, actividades y actitudes se toleran y cuáles no. Y en este mismo punto fue crucial recordar el concepto que una vez leí en una traducción de 1996 de la Semiósfera de Yuri Lotman: los círculos culturales históricamente han sido “cerrados” por una membrana plasmática que, inevitablemente, se filtra. ¿Qué significa esto en cristiano? Que es una falsa creencia eso de que un círculo hermético es más fuerte; todo lo contrario, mientras más elementos se incorporen -selectivamente por supuesto, de ahí lo del “filtro”- y se desarrolle con más diversidad, mejor.

En un sentido práctico, tanto la sororidad como la fraternidad me han vuelto un ser socialmente andrógino, y fue así como sobreviví al tercer strike. Por otro lado, el aspecto primermundista dejó de importar cuando mi boca -y en particular lo que sale de ella- cobraron más peso y también cuando me sentí cómoda mirándome al espejo, en el momento en el que encontré/creé una estética que me calzaba.

¿Y ser mujer? Ese aún no lo resuelvo del todo porque siento que no he ganado la “imparcialidad zen” que (a veces) obtengo con los otros dos. Aunque no lo quiera, y porque mal que mal soy hija de mi tiempo, me siento en una constante desventaja frente a mis “pares”, otras mujeres inclusive.

¿Qué espacio fabricarse ahí? La manufacturación de un lugar sexo-genérico aún es un work in progress. Lo importante es no perder la “fe” de que se puede generar de manera inclusiva, abierta y por sobre todo tolerante. Eso sí, no esperar a que alguien lo fabrique y llegue la solución deus ex machina. No cuento con el respaldo de leyes ni autoridades, no tengo gobierno: lo fabrico para mí.

Yo nací con 3 strikes, y a pesar de todo, sigo jugando. ¿Por qué? Porque el campo de juego es mío.

 

Referencias

[1] Este concepto pertenece al sociólogo Pierre Bourdieu y, para propósitos de este artículo, se entenderá como la manera en la que me desenvuelvo a través de la vida. Si el campo de poder tiene ciertas “reglas”, el habitus se entiende como el conjunto de comportamientos que, tácitamente, se acoplan a esas reglas. El habitus son esas mismas reglas, inconscientes, censuradoras y definidoras a la vez. Sucede que el mío no calzaba con el heteronormativo.

[2] Sin hacerle justicia al artículo de Ludmer (que se encuentra disponible en Scribd por si a alguien le pica el bicho de la curiosidad), podría resumirse las “tretas” en la adopción de una voz inferior a la masculina para poder ingresar en el espacio varonil. Esta adopción funciona como una máscara: la autora debe colocársela estratégicamente para ser aceptada.

Laura Romero Quintana: Licenciada en Lengua y Literatura Hispánica, mención Literatura, y Magíster en Estudios Culturales Latinoamericanos, ambos grados obtenidos en la Universidad de Chile.

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