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Mi bisabuela feminista

por Cristián Orellana

Es sabido que la Historia no la escriben solo los grandes próceres, sino que éstos van acompañados de pequeños actos de gente anónima que dan curso a los grandes procesos sociales. Al respecto, mi bisabuela fue una feminista aunque es probable que jamás lo haya sabido. No fue una Amanda Labarca o Elena Caffarena, pero tuvo un estilo de vida adelantado a su época.

Rosa Albina Guerrero era originaria de Limache y como muchos chilenos, su familia se trasladó al norte de Chile a inicios del siglo XX para buscar trabajo en faenas relacionadas con la explotación del salitre. En Tacna (en ese momento bajo ocupación chilena) se casaría con Gualberto Miranda y tendrían una hija, Florencia. Hasta allí todo normal y correcto. La historia comenzó cuando don Gualberto desaparece del mapa y deja solas a esposa e hija. Al respecto circulan dos historias en nuestra familia: Que se habría ido a la pampa a catear minas (en el más amplio sentido de la expresión), o que se habría escapado siguiendo los encantos de una cantante de una compañía de zarzuelas. No sabemos. El hecho es que abandonó a su familia.

Sin ser feminista (ni siquiera sabemos si tenía alguna tendencia política), Albina sabe que la mujer debe estudiar y trabajar para poder surgir y no ser un mero accesorio del hombre. Sacrifica su maternidad alejándose de sus hijas para proseguir con su trabajo de profesora, y se ocupa que ellas se eduquen.

Albina no se quedó de brazos cruzados esperando el apoyo económico de un príncipe azul, o viviendo de la caridad de su familia. Dejó a su hija estudiando de interna en Iquique, a cargo de su madre, y partió a buscar trabajo en la pampa. Debe haber sido muy extraño ver a una mujer separada circulando sola por las salitreras.

En una de esas vueltas, se empleó tocando piano en una suerte de club social de alguna oficina. Allí conoció a Pedro Gaviño, un administrativo del lugar y comenzaron una relación. Para mayor escándalo, este caballero ya era padre soltero, tenía un hijo en Iquique pero la madre no le permitía visitarlo. De esta relación moralmente cuestionable (para los cánones de la época) nació mi abuela, Dolores. Por unos años esta familia circuló por la pampa del salitre hasta que en 1914 don Pedro muere. Mi bisabuela nuevamente queda sola. Pero ya sabemos que Albina no era una mujer que se quedara sentada llorando. Envía a Dolores a estudiar a La Serena, a cargo de la familia de su fallecida pareja mientras ella comienza a trabajar como profesora normalista en Zapiga y otras localidades de la provincia de Tarapacá.

¿Fin de la historia? No. Tiempo después recibe una carta de su hija Dolores: Que la familia en La Serena no la quiere, se siente despreciada (quizá por ser huacha), que está sufriendo. A Albina no le vienen con tonteras. Toma el primer barco desde Iquique y en una magistral operación rescata a su hija: La recoge al salir de su casa rumbo al colegio, la disfraza de varón y se suben en otro navío de vuelta al norte. Cuando quienes la acogían comienzan a buscarla, nadie ha visto a una niña con su descripción. Ya en Iquique, mi bisabuela les envía una carta informándoles la situación.

Sin ser feminista (ni siquiera sabemos si tenía alguna tendencia política), Albina sabe que la mujer debe estudiar y trabajar para poder surgir y no ser un mero accesorio del hombre. Sacrifica su maternidad alejándose de sus hijas para proseguir con su trabajo de profesora, y se ocupa que ellas se eduquen.

Creo que es en este punto de esta historia, viene otra gran sorpresa: Reaparece Gualberto, el marido desaparecido, y, de alguna manera, Albina lo perdona y se reconcilian.

Resumiendo hasta acá: Mi bisabuela se casó, se separó, se fue a trabajar sola, se emparejó con un hombre que ya era padre soltero, tuvieron una hija, la rescató, postergó su rol tradicional de madre para trabajar, hizo que sus dos niñas terminaran el colegio y se vuelve a unir con el marido que la abandonó. Para más remate, su madre también había tenido hijos de dos distintas parejas, pero en este caso no hemos podido saber si fue por viudez u otro motivo. Todo eso en una provincia de un país católico conservador y un siglo atrás. Una libertina.

Pero acá tampoco han terminado sus aventuras. Albina envía a sus hijas al sur a terminar las Humanidades (la secundaria de esa época) y en la década de 1930 se establece a trabajar, siempre como profesora, en Mamiña, una localidad al interior de Iquique. Allí se convierte en una autoridad casi al nivel de un alcalde y, entre otras cosas, trae una radio, crea una banda de música y logra que este poblado sea el primer lugar de Chile libre de analfabetismo. Esto último aún hoy sería considerado una hazaña.

La parte triste de este período es que la misión de Albina, además de enseñar, fue “chilenizar” a la población de este territorio recién anexado al país. En Mamiña la gran mayoría de sus habitantes eran (y son) de origen Quechua y Aymara, y les prohibió hacer sus ritos y realizar sus celebraciones porque eran “cosas de peruanos y bolivianos”. Pero este tema se escapa del objetivo de este artículo así que me limito a mencionarlo.

Su hija Dolores se ha quedado estudiando en Santiago, a cargo de una familia amiga, y comienza a pololear con uno de los hijos. Al cabo de un tiempo, saliendo del colegio, deciden casarse y le informan a Albina. Ésta, en vez de alegrarse de ver a su niñita blanca y radiante camino al altar, se enfurece. Mandó a su hija a terminar el colegio y seguir una carrera, no a ser una mantenida, y no asiste al matrimonio. En las fotos que conservamos de esa ceremonia todos salen con una mirada severa y algo triste, quizá por la ausencia de una de las suegras.

Sin embargo, tras el matrimonio, mi abuela Dolores hace caso a su madre y estudia para profesora, lo mismo que su hermana Florencia. Albina termina sus años de servicio en Mamiña y vuelve a su Limache natal, donde fallece varios años después. En su homenaje, el centro de madres de Mamiña lleva su nombre.

Podemos concluir que mi bisabuela hizo lo que sintió en su momento sin detenerse en convencionalismos. En parte gracias a lo que Albina demostró es que todas las mujeres de nuestra familia hayan trabajado y a ninguna jamás se le pasó por la cabeza esperar al príncipe azul que la mantuviera, o postergar proyectos profesionales por una abnegada maternidad. Ella fue un ejemplo, seguido por varias, para acompañar un gran cambio social que hasta el día de hoy es resistido por muchos.

Fuente imagen: Pixabay.com

Cristian Orellana:  Escribe regularmente columnas para Cooperativa y Centrosportradio. Twittea desde su cuenta @crisporellana

 

3 Comments

  1. Angelica says

    Muchas gracias por darnos a conocer un poquito mas de quien fuera :Doña ALBINA G. de MIRANDA..
    En Mamiña fue muy respetada y a la vez tuvo much@s ahijad@s…

  2. Nilda Barrientos Pacheco says

    Hermosa historia de mi bisabuela . Ella me dejó muchos recuerdos lindo en mi etapa de niñez Mujer luchadora ,de carácter firme , desidida , y muy amorosa.

  3. Maria Capetillo says

    Su Bisabuela organizo el primer orfeon infantil de Mamiña, localidad que es conocida por su fama de maestros músicos, mi abuela fue su alumna, la recordaba con mucho cariño ella ya no esta con nosotros fallecio hace 3 meses con casi 100 años de edad.

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