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Reglas de juego para los hombres que quieran amar a mujeres

por Gioconda Belli (1948), escritora nicaragüense.  El hombre que me ame Deberá saber descorrer las cortinas de la piel, Encontrar la profundidad de mis ojos Y conocer lo que anida en mí, La golondrina transparente de la ternura. II El hombre que me ame No querrá poseerme como una mercancía, Ni exhibirme como un trofeo de caza, Sabrá estar a mi lado Con el mismo amor Conque yo estaré al lado suyo. III El amor del hombre que me ame Será fuerte como los árboles de ceibo, Protector y seguro como ellos, Limpio como una mañana de diciembre. IV El hombre que me ame No dudará de mi sonrisa Ni temerá la abundancia de mi pelo, Respetará la tristeza, el silencio Y con caricias tocará mi vientre como guitarra Para que brote música y alegría Desde el fondo de mi cuerpo. V El hombre que me ame Podrá encontrar en mí La hamaca donde descansar El pesado fardo de sus preocupaciones, La amiga con quien compartir sus íntimos secretos, El lago donde flotar Sin miedo de que …

Nacer hombre

por Adela Zamudio (1854-1928) escritora boliviana y pionera del feminismo.  Cuánto trabajo ella pasa Por corregir la torpeza De su esposo, y en la casa, (permitidme que me asombre) tan inepto como fatuo sigue él siendo la cabeza, porque es hombre. Si alguna versos escribe -?De alguno esos versos son que ella sólo los suscribe?; (permitidme que me asombre) Si ese alguno no es poeta ¿por qué tal suposición? -Porque es hombre. Una mujer superior en elecciones no vota, y vota el pillo peor; (permitidme que me asombre) con sólo saber firmar puede votar un idiota, porque es hombre. Él se abate y bebe o juega en un revés de la suerte; ella sufre, lucha y ruega; ella se llama? ser débil?, y él se apellida? ser fuerte? porque es hombre. Ella debe perdonar si su esposo le es infiel; mas, él se puede vengar; (permitidme que me asombre) en un caso semejante hasta puede matar él, porque es hombre. ¡Oh, mortal! ¡Oh mortal privilegiado, que de perfecto y cabal gozas seguro renombre! para ello ¿qué …

A una monja

por Belén Sárraga, 1902 Dime, mujer, la de la blanca toca, la del ropaje cual la noche, negro, la que huyendo del mundo a los azares, se escudó tras la reja del convento. ¿Es tal tu religión que el egoísmo. Se proclama en su dogma cual precepto? Pues suspende tus rezos un instante y escúchame, que para hablarte vengo. ¿No sabes que el trabajo es ley de vida? ¿No ves, mujer, como trabaja el pueblo. Para ganar, con su sudor honrado, el alimento que precisa el cuerpo? ¿No ves como trabajan, sin descanso, más arriba también, allá en lo inmenso. Millares de astros que en veloz carrera, girando en incansable movimiento, lentamente ejecutan esa eterna, continua evolución del Universo? ¿Y eres tu sola la que en todo el orbe tiene, a vivir sin trabajar derecho? ¿Quién te dijo, mujer, tales sofismas? ¿Quién te dijo que puede un ser terreno infringir esa ley de la Natura, una excepción en su favor haciendo? Si de Dios en el nombre te lo han dicho, de ese Dios en el nombre …